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DE LA SERIE: «CORREO ORDINARIO»

Carta a un autor español


Te escribo, querido amigo, al día siguiente del dos de tres, es decir, del segundo episodio de los tres de que constará la culminación de la vergüenza. Me refiero a la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual. Primero fue el Congreso, que la aprobó con práctica unanimidad; ayer el Senado que con casi la misma (un par de testimoniales votos en contra) la aprobó con unas pequeñas e intrascendentes enmiendas; y dentro de muy poco, el Congreso, otra vez, la dejará definitivamente lista para sanción.


Contra la voluntad de todos los españoles. Te escribo a tí, autor español, al autor por excelencia; no a ese autor de la minoría dorada afecto al sistema y abundantemente premiado por éste con sinecuras, contratos-subvención públicos o cargos en sociedades de gestión, sino a ti, al verdadero autor, al que forma esa ingente masa de proletarios de la creación, de la carne de cañón que intenta, casi siempre vanamente, vivir de lo que escribe, que se gana la vida honradamente en un trabajo totalmente ajeno a su vocación o que, cercano a la misma -en casos afortunados-, no vive, porque no puede, de su propia creación.

Te escribo como un autor que soy también, que tampoco vive de lo que escribe pero que, quizá a diferencia de ti, como única circunstancia que nos distingue a uno de otro, no lo pretende, ni lo quiere, ni lo intenta.

Ayer fuimos derrotados.

Ayer fuimos derrotados yo como internauta y autor en red, tú como autor vocacional que aspira a poder vivir de su creación, y los dos como ciudadanos, como tantos millones de ciudadanos.

Y... ¿sabes? Nos lo merecemos, nos hemos ganado a pulso esta derrota, tú, yo, todos los ciudadanos. Por cobardes. Por acomodaticios. Por perezosos.

Siempre he dicho que el miedo se alimenta de si mismo y que no sirve para nada más que para engordar, para hacerse más grande, para generar más miedo. Tantas veces lo habré visto y dicho en mi actividad sindical, al ver cómo los funcionarios interinos renunciaban -al igual que muchos funcionarios de carrera, es verdad- a reclamar sus derechos por miedo a represalias; cuántas veces les habré dicho -hasta que ahora los hechos me ha dado plenamente la razón- que cuando decidieran liquidarlos lo harían sin contemplaciones, sin tener en cuenta sin fueron díscolos o mansos. Refugiarte como un ratoncito muerto de miedo en un rincón sólo sirve para ponérselo fácil a la escoba que te va a aplastar.

La gran masa de los afiliados -forzosos, en la mayoría de los casos- a las sociedades de gestión de derechos económicos de autor ha vivido siempre en el miedo, en el miedo de sufrir unas represalias sobre algo que no se tiene, en el miedo a que os quiten un pan que jamás os han dado. ¿Cuántos de los 80.000 famosos autores asociados a la $GAE vivís de lo que os da la $GAE? ¿Cuántos os podéis permitir siquiera dos o tres modestos aperitivos anuales con lo que os da la $GAE?

Y, sin embargo, jamás os habéis atrevido a levantarle la voz a la beautiful dominante, a la que os trata como a pringaos, a la que sólo os tiene en cuenta para usaros de rehenes clamando por un salario que vosotros desconocéis, al menos en la tal dignidad de salario, porque solamente son unas migajas indecentes.

¿De qué tenéis, de qué habéis tenido miedo? ¿A qué tanto ponerse en contacto con nosotros («por Dios, sobre todo que no trascienda quién soy, que me la juego», la de veces que lo habremos oído o leído) para luego volveros a sumergir en vuestro miedo y en vuestra miseria? ¿Ni siquiera de perdidos os echáis al río?

Pues he aquí vuestro castigo: la perpetuidad de vuestra miseria, la perpetuidad de vuestro miedo, la cadena perpetua al rincón ratonesco sin otra novedad posible que la llegada -más tarde o más temprano- de la escoba que os aplaste (que lo hará fácilmente al teneros perfectamente localizados).

Pero no sois, en absoluto, los únicos culpables. Ni siquiera los mayores culpables.

Estamos los ciudadanos, las otras víctimas de la abominación. Los ciudadanos que hemos actuado... no, mejor: hemos dejado de actuar... por miedo residual, un miedo no finalista, de amplio espectro, el miedo del animal domado y castrado en todos los ámbitos que teme al palo aún en aquellos casos en que no tiene ninguna razón para pensar que se lo puedan propinar; un miedo que abotarga, que castra todo análisis crítico, que se refugia en una falsa molicie a la que accede con enormes sacrificios y que basta con la amenaza de su supresión, de su pérdida, para hacerle sudar frío, porque esa falsa molicie es lo único que tiene: a ella ha inmolado toda su personalidad. Su alma, ya estéril, ha matado toda rebeldía, toda crítica, toda posibilidad de objeción.

El sistema, armado de hipotecas, de trabajo precario y de unos medios verdaderamente criminales, ha aprendido y perfeccionado hasta extremos inauditos las lecciones de los carceleros de los campos de extermino nazis y soviéticos. Si éstos aprendieron cómo un recluso podía -materialmente, literalmente- vender a su madre o a sus hijos por quince gramos de carne podre disimulada en el fondo de la sopa de [pocos] nabos, el sistema moderno ha aprendido que ni la carne hace falta, que basta con la amenaza implícita de suprimir el pedazo de pan negro y duro del desayuno. Y es tal la perfección alcanzada en esa materia, que ni siquiera hace falta la amenaza: la propia víctima la edifica ella misma. Y así se llega al lujo de llamar democracia al campo de concentración y se asume la perfección carcelaria de no precisar ni siquiera la molestia de ahorcar al díscolo, al rebelde, que pasa a ser incluso útil como contrapunto, como desfogue del preso común y capón que viendo en la rebeldía su propia vergüenza, reacciona contra ella con la risa o con el desprecio: el rebelde es un friki o un anarquista iluso, un pobre pringao que no se entera de las reglas del juego, alguien que nunca llegará a nada. El cénit de la ciencia penitenciaria: el preso investido a sí mismo como el más eficiente y terrible carcelero de sí mismo.

Presos de ese falso y tramposo hedonismo, los ciudadanos vemos pasar ante nuestras narices los más tremendos castigos y hasta pedimos a gritos que nos sean aplicados porque si no el sistema no se sostiene. Y así, tragamos alegres y contentos con las más macabras abominaciones laborales y con el encarcelamiento tremendo en nuestra propia vivienda, de la que ya no heredarán nuestros hijos sino su deuda (y eso si el sistema no nos obliga antes a vender la parte ya pagada para poder sobrevivir con una pensión de miseria, que es la próxima que están pergeñando).

Y entre nuestros democráticos aplausos, el sistema nos aplica, muerto de risa, el castigo, por manos de unos kapos llamados políticos.

Lo del canon no es sino un episodio más; quizá ni siquiera el más importante. Habrá más oportunidades para cepillárselo y sin duda acabará arrasado, pero no porque sea justo y necesario para nosotros, sino porque es conveniente para una facción de la junta directiva del campo de exterminio. Pero habrá otros castigos, en este y en otros ámbitos. Por esa supresión del canon que tanto les conviene a ellos nos harán pagar una factura a nosotros vendiéndonos -entre nuestro pollináceo asentimiento- que han suprimido el canon por favorecernos a nosotros.

Parte de nuestra doma consistió en asumir la enseñanza de que la justicia, al final, siempre triunfa. Mentira. Doble mentira. Primero, porque su justicia no es la justicia (si es que cabe hablar, en general, de justicia, de lo cual albergo mis dudas). Segundo, porque la justicia -en su caso- jamás brilla sola: su triunfo se alimenta de esfuerzo, de sacrificios, de heroísmo y muchísimas veces de víctimas, de víctimas culpables y también de víctimas inocentes. La justicia -si la hay, si existe- necesita para funcionar, para ejercer, grandes cantidades de sangre, de sudor y de lágrimas. No es autolimpiable, como algunos elementos modernos o como suelen creer las almas estériles cuando ya no tienen nada en que creer verdaderamente.

Esta es, querido autor español, autor de verdad, hermano en el pijama a rayas y en el número tatuado en el brazo, nuestra historia y nuestra realidad. Y seguramente, también será nuestro futuro, ya que él sólo depende de nosotros y ya ves tú el panorama.

Hasta siempre. Nos veremos mañana por la mañana, en el patio, antes del desayuno.

A la hora de las ejecuciones.

Javier Cuchí en El Incordio

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