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Parar cataratas con las manos


La verdadera amenaza para la industria musical no son las mantas repletas de portadas mal fotocopiadas. Se llama Internet, y legislar contra ella es como intentar parar una catarata con las manos. Entre mis vicios secretos no se encuentra, ni de lejos, leer los planes que pergeña y posteriormente aprueba el Gobierno. Pero debe hacerse para entender qué demonios defiende la gente que no piensa igual. Abordar los 51 folios del Plan contra la Piratería aprobado por el Consejo de Ministros deja regusto a sopor y desesperanza. Desesperanza porque, al concluirlos, no se entiende si el marciano es uno mismo o los extraterrestres son los demás. De acuerdo con que se trate de atajar el top manta utilizando las herramientas legales pertinentes. Pero no se entiende cómo se incide tanto en finiquitar esta actividad cuando, más pronto que tarde, acabará despareciendo por falta de demanda en beneficio de las redes P2P. Entre pagar 18 euros por un disco y dejarse tres, siempre se preferirá la segunda opción. Entre desembolsar tres y nada, también ganará la segunda.





La verdadera amenaza para la industria musical no son las mantas repletas de portadas mal fotocopiadas. El problema, señor Miguel Ríos, señor Luis Cobos, señor Teddy Bautista, señora Calvo, se llama BitTorrent, Soulseek, Morpheus, Kazaa... Se llama P2P. Se llama Internet, y legislar contra ella es como intentar parar una catarata con las manos. Haciendo de tripas corazón, resulta hasta comprensible que los artistas y discográficas lo vean como un problema. Aunque no estaría de más que, por una vez y sirviendo de precedente, hicieran el esfuerzo para tratar de entenderlo como una virtud. Sólo un esfuerzo.

El mismo fin de semana en el que el Gobierno aprobó el Plan Antipiratería, The New York Times publicaba un artículo donde se ofrecían unos datos esclarecedores: rompió su gira de 2001, el grupo estadounidense Wilco –cuyo disco "Yankee Hotel Foxtrot" fue elegido unánimemente por los críticos como el mejor de 2003– rompió su contrato con la discográfica. Sus componentes comenzaron a hacer ecuaciones: sin discos no habría gira, y sin gira no habría dinero. El grupo decidió que la única vía posible para publicar su nuevo trabajo, el mencionado "Yankee Hotel Foxtrot", era a través de Internet. Y gratis. La gente lo descargó. Los conciertos se llenaron, Wilco comenzó a ingresar dineros a expuertas y la discográfica Nonesuch Records decidió publicarlo en formato CD. En la primera semana se vendieron 57.000 copias, duplicando el éxito de su disco anterior, "Summerteeth", del que se colocaron 20.000 unidades en los siete primeros días. De "Yankee Hotel Foxtrot" se han despachado más de medio millón de copias.

El ejemplo de Wilco demuestra que Internet potencia la creación, contribuye al éxito y no quita de comer a los artistas. Aun así, casa muy mal no sólo con el pensamiento único que impera en la industria discográfica, sino también con el epígrafe "El valor cultural de la propiedad intelectual" del Plan contra la piratería. En él puede leerse: "Habrá que reforzar la idea de que la propiedad intelectual, la eficacia de sus contenidos y el respeto de sus normas aportan finalmente un valor al enriquecimiento cultural de la sociedad". No es cierto: para fomentar la lectura se necesitan bibliotecas, acceso gratuito a las obras. Para que la sociedad se enriquezca musicalmente, debe permitirse la distribución de canciones por Internet. Sólo a través de ella pueden descargarse discos completos, aficionarse a estilos que uno nunca hubiera imaginado, descubrir nuevas bandas.

Tampoco, como se dice en la Ley, la piratería empobrece la creación, la cultura y la identidad cultural. Aunque no le piratearon, Oscar Wilde murió pobre y hasta el último día escribió obras deliciosas. Galdós falleció ciego y pobre. Pero amaban lo que hacían. Por eso mismo Internet no va contribuir a que desaparezca la música. A lo sumo, cavará la tumba del disco e impedirá que las decenas de Britney Spears que empobrecen la música y atentan al buen gusto sigan campando por sus respetos.

Articulo de Guillermo Rodríguez en Libertad Digital

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