¿QUIÉN MATA A LA MÚSICA?


En febrero del pasado año, Brian Wilson, el hombre que compuso para los Beach Boys algunas de las canciones más bonitas de la segunda mitad del siglo XX, protagonizó seis memorables actuaciones en el Royal Festival Hall de Londres. Fueron seis noches mágicas, con el recinto abarrotado por un público entusiasta, emocionado hasta las lágrimas y, sobre todo, agradecido a un artista de talento sobrenatural que ha pagado un alto precio --su equilibrio mental es, por así decirlo, precario-- para ayudar con su música a tantas personas a sentirse mejor consigo mismas y con el mundo.




Brian Wilson actuó el 5 de julio en el Poble Espanyol, dentro de la programación del Grec. Nunca antes había interpretado en la ciudad sus "sinfonías adolescentes para Dios", que así llamaba el hombre a sus magníficas creaciones. Fue una cita histórica a la que el público barcelonés prefirió no acudir. La plaza del Poble Espanyol se cubrió con sillas y, aun así, no fueron pocas las que quedaron vacías. Algo semejante ocurrió una semana después, cuando en ese recinto David Crosby, Stephen Stills y Graham Nash, leyenda viva del rock americano (y del inglés, pues Nash es de Blackpool), repasaron su glorioso repertorio ante unas 1.500 personas, apenas una tercera parte de la capacidad del lugar.

Lo revelador es que tamañas demostraciones de desconocimiento y desinterés no han alarmado a todos esos profetas del apocalipsis discográfico que aseguran que la música se muere en España por culpa de la manta y de internet. No, señores, el negocio agoniza por culpa de una industria que ha sido incapaz de inculcar en la gente el menor amor a la música y que prefiere exprimir a un Bustamante que mimar a un Brian Wilson. Y así nos va.

RAFAEL Tapounet en el Periodico.com


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