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El TÚNEL

El canon, ese gran avance


Un reducido grupo de artistas con glamour que pasan a obtener del Estado un beneficio equivalente al de aquellos estancos con los que el Régimen premiaba a determinadas personas en la época de la posguerra. Estamos a punto de que dos ministerios se sienten a negociar un tema que nos afecta como personas, como empresas y hasta en los niveles de competitividad y modernidad de nuestro país. En vísperas de que los titulares de Industria y Cultura decidan un acuerdo que marque con qué importe van a sangrar nuestros bolsillos cada vez que intentemos adquirir un artículo que tenga que ver con la tecnología. Un acuerdo que promete revivir los mejores tiempos del estraperlo, del comercio clandestino, de la circulación de bienes de tapadillo a través de las fronteras... una auténtica "ley seca" tecnológica que pretende imponer un impuesto artificial y arbitrario a artículos de cuya difusión y popularización dependen, entre otras cosas, la formación tecnológica de los trabajadores españoles y la competitividad de nuestras empresas.




Vamos a pasar a vivir en un país que abiertamente penaliza la compra de tecnología, y que lo hace además con el fin de beneficiar a una clase privilegiada de unos pocos creadores que, en virtud de una serie de normas poco transparentes, se repartirán los ingresos a su antojo. Un reducido grupo de artistas con glamour que pasan a obtener del Estado un beneficio equivalente al de aquellos estancos con los que el Régimen premiaba a determinadas personas en la época de la posguerra. Como hemos comentado en otras ocasiones, una verdadera "sopa boba": como no te da la gana de innovar y de hacer que tu negocio sea rentable, y además tu visibilidad y colaboración con el poder es muy interesante para los políticos de turno, va a venir Papá Estado a alimentarte para que puedas seguir viviendo del cuento. O del canon, que en este caso es lo mismo. Una concesión de privilegios ofensiva, que atenta contra la justicia y el sentido común, que se justifica en el temor de los políticos a tener en contra a un colectivo con aparente influencia social, mimado por los periódicos y telediarios, y que por supuesto es defendida con pasión por... ¿quién? Por los únicos capaces de defenderlo desde el sentido común: los beneficiarios de tan injusto "subsidio".

En cualquier caso, este conjunto de argumentos ya los he comentado en muchas otras ocasiones, los he escuchado en el radio, leído en periódicos... no, no es mi intención abusar de la paciencia del lector repitiéndolos de nuevo. En este caso, lo que pretendo, de hecho, es romper una lanza a favor de los que proponen e impulsan ese canon digital. ¿Por qué, se preguntarán ustedes? ¿A qué tipo de ejercicio o sofisma dialéctico corresponde eso de vilipendiar en los dos primeros párrafos, mientras se glorifica en los siguientes? Pues no, no estoy persiguiendo ningún recurso estilístico más allá de hacer precisamente lo que el canon no hace: dar al César lo que es del César.

Mientras esos artistas y el Gobierno que los ampara se empeñan, de manera arbitraria e injustificable, en arrebatarme de mi bolsillo lo que es mío, yo voy a dedicarme a reconocer sus méritos, que aunque escasos, existen: el llamado "canon digital" es, de manera clara, inequívoca e irrefutable, la constatación de que toda una industria, la de los intermediarios de la cultura, se ha dado cuenta de la nula sostenibilidad de su modelo de negocio. El canon supone un pragmatismo claro y contundente: como vemos y comprobamos fehacientemente que es imposible detener la circulación no autorizada de las obras sujetas a copyright, vamos a optar por una forma diferente de retribuir a los autores, aceptando de hecho que cuestiones como el intercambio de contenidos han logrado un total arraigo en la mayor parte de la sociedad y conforman, por tanto, un elemento permanente en el panorama.

Desde el punto de vista conceptual, el desarrollo del modelo del canon es un primer paso, una aceptación de lo que muchos analistas decíamos desde los primeros destellos de Shawn Fanning y su Napster: que el movimiento era completamente imposible de detener, y que las técnicas utilizadas por las compañías o por las asociaciones que de una manera u otra representaban a los actores implicados (autores, editores, ejecutantes, etc.) eran completamente erróneas y, como mucho, conllevarían una cierta mitigación temporal del fenómeno obtenida a costa de destrozar completamente la imagen pública de las mismas y de forzar una gravísima ruptura con buena parte del tejido social. El desarrollo argumental del canon, por así decirlo, es la prueba clara de que los actores de ese lado de la ecuación han, como decía el anuncio, "aceptado pulpo como animal de compañía", han llegado a una especie de "vale, en lo sucesivo tendremos que convivir con un escenario en el que nuestros productos pueden circular sin restricciones ni barreras sin que esto pueda, de manera general, ser evitado", e intentan, por así decirlo, buscar otras fuentes de generación de ingresos.

¿Siguiente paso? Que las fuentes de generación de ingresos que busquen, no entren en conflicto con los derechos de los ciudadanos. Bien está que los autores pretendan ganar dinero, pero por favor, no me lo arrebaten a mí de manera injustificada. Que alguien me obligue a pagar mucho más de lo que un artículo vale, para seguidamente entregar dicho sobreprecio a un colectivo determinado con el que yo no tengo porqué tener nada que ver es, a todas luces, una apropiación indebida de la que la ley debería protegerme. Si ese colectivo quiere ganar dinero, me parece perfecto: que busquen, como han hecho muchos otros, modelos de negocio que así lo permitan en el contexto de un libre mercado. Lo demás, es una distorsión del sistema económico, una marcadísima injusticia y una concesión de un privilegio no justificable.


Opinión de Enrique Dans reproducida, sin enlaces relacionados, de Libertad Digital

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