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MUNDO INTERNAUTA

Loca academia de padres y red


Nuevamente ayer, en unas reuniones de coordinación pedagógica entre padres y profesores (lo que en las escuelas cristianas de Catalunya se llama FEAC, Familia-Escuela Acción Compartida) se habló de internet y los chicos y, nuevamente, un festival del miedo, de la desconfianza, del ansia de control -de control imposible-, de las actitudes neoluditas… en fin.




Sería deprimente de no suceder algo que vi por primera vez y es que muchos padres parece que empiezan a darse cuenta -algunos incluso lo dijeron así, tal cual- de que el problema no es que los chavales funcionen en red sino que los padres desconocen la red y que este desconocimiento es lo que les da miedo, el miedo a lo desconocido.

Bueno, suele decirse que nunca es tarde si la dicha es buena, pero la verdad es que la dicha todavía no es buena y, sí, es tarde. Estamos empezando cuando ya deberíamos haber acabado. El banco está empezando a cargarnos en cuenta una factura que a este país hace ya tiempo que se le ha presentado y es la factura que se paga por permitirse el lujo de despreciar aquello que se ignora. La teóricamente octava potencia económica mundial apenas se cuelga del puesto 20 en cuanto a implantación de la red, con lo que ello conlleva de retraso en oportunidades económicas y en desarrollo tecnológico y científico. Los chavales, encima, ellos, que no han de ser convencidos de nada porque prácticamente lo han mamado, tienen que tirar adelante sorteando la oposición y la ignorancia de sus padres y los palos que éstos les ponen en las ruedas.

La imagen que yo obtuve ayer -y que creo que responde a la del común de los padres de adolescentes españoles- es que los progenitores hispánicos sufren cuando ven a sus hijos en la red. Y que sufren porque no saben lo que los chicos hacen en ella y sufren porque desconocen absolutamente la tecnología que la rodea. Curiosamente, ignoran totalmente los verdaderos peligros de la red, mejor dicho, los peligros que, no siendo intrínsecos de la red, estamos corriendo procedentes de los que quieren mediatizarla: me refiero al tema de las libertades civiles. Ayer no saqué a relucir esta cuestión, pese a lo importante y lo trascendental que es, porque hubiera sido como hablar de mecánica cuántica en una clase de tercero de primaria. Ya es duro. Ya es triste.

Consecuentemente, las actitudes llevan a absurdos como los consejos de la madre del piloto: «Hijo mío, ve despacito y no subas muy alto»: se castiga a los hijos incomunicándolos de la red, se les coarta la privacidad obligando a que la pantalla del ordenador sea visible en un lugar común de la casa, se compara la presencia del ordenador en la habitación juvenil con la de la tele… Los padres, además, parecen convencidos de una cosa muy falsa: creen de verdad que sus hijos son unos verdaderos cracks de la red, capaces de las habilidades -y trapazadas- más temibles; la verdad es, contrariamente, que la actual generación de adolescentes tiene muy poco de hacker y que le prestan a la herramienta y a la tecnología que la permite la misma atención que a un bolígrafo. Ni conocen el funcionamiento detallado de un ordenador, ni la estrutura de la red y sus protocolos y tecnología, ni, en general, les interea lo más mínimo; para ellos el ordenador, como máquina, tiene el mismo interés que el televisor y les da igual, más allá de lo meramente práctico, Internet que Eurovisión.

En mi trabajo tenemos constantemente becarios de Económicas o de Empresariales, prácticamente a punto de terminar la carrera, y ninguno me asombra lo más mínimo en cuanto a sus conocimientos de informática, que van poco más allá de las cuatro reglas en la materia.

Prácticamente ninguno conoce, por ejemplo, el uso de macros en hoja de cálculo y de muchos podría decirse que, en este ámbito, no han ido más allá del guor y no muy avanzado. Y de cultura general informática, cero patatero: no conocen otra cosa que el PC y Güindou$, indiferencia total sobre Mac -que, para ellos, es lo mismo, pero en pijo- e ignorancia total sobre Linux (pero lo que se dice total, hasta el punto de que alguno no había oído ni hablar de él hasta que lo oyó por mi boca).

Ayer, tuve que asumir de nuevo el absurdo farde de saber muchísimo de informática (cosa que única y exclusivamente es cierta en relación al nivel medio de aquel colectivo), algo que me cabrea enormemente porque parece que va uno por el mundo de marisabidilla pero, claro… ¿qué actitud cabe cuando en un grupo se habla de literatura y uno es el único que ha leído un libro en su vida? Intenté quedarme callado los primeros minutos para no mediatizar el tema (aunque hubiera sido igual que hubiera hablado desde el principio: muy pocos sabían que pertenezco a la AI y, en todo caso, casi nadie en aquel grupo conoce a la AI y a su alcance en la red), pero al final, como si fuera cosa de la ley de la gravedad, hube de hacer esgrima siquiera para apoyar argumentalmente a la profesora que dirigía la sesión, la única que conocía la red y que, por cierto, había hecho un pequeño pero interesante sondeo entre su alumnado -ESO-, a beneficio de la sesión FEAC, sobre su uso de la red y de cosas como YouTube, con respuestas, desde algún punto de vista, curiosas… o no tan curiosas.

Tuve que combatir -hasta donde pude, cuidado- conceptos como que la red o el ordenador enganchan; no sé si -con ayuda de otra madre, menos mal- pudimos llegar a convencer a los presentes de que el hecho de que una persona con un nivel de timidez casi patológico pudiera proyectarse a través de la red como no lo hacía en el mundo presencial no es intrínsecamente insano; intenté dejar medianamente claro que la red es la vida real (detrás de la tecnología hay seres humanos), en la misma medida que la presencial, sólo que vehiculizada de otra manera y que, por tanto, la educación de los hijos hacia la red funciona con parámetros muy similares -por no decir exactamente los mismos- a los del mundo presencial; y, finalmente, intenté sembrar la idea de que los distintos métodos para auditar lo que hace un muchacho en la red desde su ordenador deben ir dirigidos a protegerle, no a controlarle y que, por tanto, no debe buscarse en estos métodos ni una exhaustividad imposible ni un dominio absoluto sobre sus actividades. Me da la impresión de que en este último punto, prediqué en desierto y eso si no fui simplemente malentendido, que me temo que sí. O igual yo no me expliqué bien, porque tampoco es tan fácil explicarse cuando a cada momento te objetan lo de que «claro, para tí es muy fácil porque entiendes de esto, pero para los demás…», con lo que sólo faltó que me llamasen «bicho raro» con todas las letras.

Cuando estoy ante este tipo de auditorios, de verdad que pienso que sostener duelos de artillería con la gentuza apropiacionista es un juego de niños: realmente, luchar un poco racionalmente contra una ignorancia -ahora ya confesa, por lo que vi ayer- sostenida durante tanto tiempo que ya ha llegado a fraguar en los espíritus, es empresa dura, dura de verdad. Si tuviera que enfrentar un debate como el de ayer un par de veces por semana, no sé si habría arrojado ya la toalla: me sienta mucho mejor andar a alpargatazos con los demagogos. Y que nadie se confunda: hablo de dureza en un sentido conceptual, no formal; en términos formales la cosa fue la mar de cordial y rodeada de modales exquisitos, fue una agradable reunión de padres de familia y maestros de jovenzuelos.

Ya lo veis, pues: hay que seguir luchando. Estamos muy atrás y hay muchísimo trabajo que hacer. Debemos, además, hacerlo solos, desde la sociedad civil, porque los poderes públicos y los lideres de opinión no están por otra labor que la de arrimar el ascua a su sardina, los unos, y de arrearle fuerte a la carraca amarillista, los otros. A veces pienso que estar en el número 20 es un milagro: parecería que debiéramos estar en el 40. Y si las mentalidades pudieran ser evaluadas con la misma precisión que las variables materiales, me temo que ahí estaríamos. O más abajo.

Madre mía, qué castigo…

Opinión de Javier Cuchí en El Incordio

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