OPINIÓN DE GERMÁN BEASCOECHEA

SGAE, la otra fiscalidad


Cabe pensar que los excesos incluso cuando entran en el terreno de lo “políticamente correcto”, terminan cayendo en el ridículo. Fuente Obejuna, villa cordobesa, se ha puesto de moda este verano. Unos nuevos recaudadores, han tratado de cobrar por unos derechos ya caducados. La obra se había escrito en 1610. Todo lo sucedido, da pie al escarnio.




Parece ser que trataban de defender los derechos del Sr. D. Fernando Rojas director de la obra que se representa con alguna frecuencia por los vecinos de la villa.

Menos mal que no se trataba del autor de La Celestina, que entre los muchos despropósitos de la actuación de la SGAE , todo podría haber sido.

El tema de la obra de Lope de Vega, es el rechazo al poder del Comendador y los Reyes, que para salvar su cara, perdonan al pueblo porque no hay pruebas. Puede establecerse un paralelismo: La SGAE, para salirse con cierto garbo del asunto, renuncia a cobrar porque el Sr. Rojas no es socio.

Este asunto no debería pasar sin consecuencias. Es un síntoma de un funcionamiento prepotente amparado por la misión de proteger los derechos de autor.

Hay muchos damnificados. Organizadores de una y mil fiestas populares mantienen una relaciones tensas con este organismo, por sus actuaciones excesivas.

El “canon digital”, otro exceso, protegido legalmente. Esperemos que no sea por mucho tiempo. No parece equitativo que hayamos de pagar un canon por la adquisición de todo aparato reproductor de sonido o imagen y de los soportes, cuando en su casi totalidad, el uso no es para copiar los obras de otros. No es coherente que se pague este canon para proteger los derechos de autor, y sea delito hacer copias de las obras.

Por cierto, ¿no habrá sido para evitarse el pago de derechos de autor y las sanciones correspondientes por “pirateo”, que el PP no ha presentado pruebas sobre las escuchas que había denunciado?

Sin entrar en una reflexión sobre el alcance que deberían tener los derechos de autor, lo que sí está claro que no está ni bien regulado, ni bien gestionado. Y en estas condiciones, los excesos están sucediendo con demasiada frecuencia. Y además el ridículo no afecta sus gestores. Juegan con ventaja.

No es que seamos unos ciudadanos olvidadizos, sino que la aceleración de los acontecimientos nos distrae de lo importante.

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