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¿De quién es la Cultura?


En el diario «El Mundo» del 4 de febrero se podía leer que la SGAE reclama 95 euros por derechos de autor a un Instituto coruñés para poder representar la obra "Bodas de sangre" de Federico García Lorca.




La noticia en si no tiene mayor trascendencia. En las últimas semanas han saltado a los medios de comunicación algunos casos, como las peluquerías de Sabadell, los centros de la Tercera Edad o el de un humilde club de Segunda División B, el Badalona C.F., referidos a casos similares. La noticia en este caso es que el Instituto de Educación Secundaria Ramón Menéndez Pidal-Zalaeta en ningún momento se ha negado a abonar esa cantidad.

Según informa el rotativo madrileño dicho centro se puso en contacto con la Delegación Territorial de la SGAE en Santiago de Compostela solicitando el permiso para llevar a cabo la representación; dicha empresa denegó dicho permiso alegando que los derechos de autor de la obra pertenecían a una compañía privada, pero sin señalar de que compañía se trataba. Las indagaciones del centro de enseñanza les llevaron a averiguar que quien detentaba dichos derechos era el Centro Dramático Nacional, dependiente del Ministerio de Cultura, que por correo electrónico no puso ningún reparo a la petición del centro para representar dicho drama.

Me asalta una pregunta: Si quienes van a representar esta obra no se han negado a abonar esos supuestos derechos y si quien es titular de los mismos ha dado su «placet» a dicha función, ¿Quién es esta empresa para paralizar algo en lo que están de acuerdo todas las partes implicadas?

Todos están de acuerdo, menos ellos que pueden dejar de ingresar; todos están de acuerdo, menos esta suerte de encubierto recaudador de impuestos que no ceja en su empeño de extender sus voraces tentáculos sin importar hasta donde se pueda llegar. Cabe pensar, y muy seriamente, quién es el que más daño está haciendo a la Cultura.

Según las empresas gestoras de derechos de autor (esa ingente sopa de letras -AIE, EGEDA, CEDRO, etc.- cuyo miembro más notable es la SGAE) el principal culpable de lo mal que va la industria cultural es el desarrollo tecnológico. No podemos negar que la difusión de la tecnología digital ha aproximado y facilitado el acceso a la Cultura a mayor número de personas, pero no es menos cierto que precisamente esa mayor difusión ha hecho que actores de esta industria puedan ser conocidos por el gran público; actores que de otra forma difícilmente hubieran pasado de ser grupos de amigos que pasaban las tardes cantando o interpretando.

Sin los medios de difusión actuales muchos intérpretes seguirían durmiendo en el limbo de los justos; fijándonos exclusivamente en la música: Cada vez son más los cantantes y grupos que facilitan sus obras por medio de la red sin sujetarse a los dictados e imposiciones de este conglomerado de empresas. El último del que he tenido conocimiento es uno de los populares de los años 80, y recientemente renacido: «Hombres G», el grupo liderado por David Summers, ha puesto a disposición de todos su discografía completa en su página web. Imagino que a más de uno en estas empresas le habrá subido un escalofrío por la espalda, rezando para que esta idea no se extienda como una mancha de aceite sobre el agua.

Visto todo esto cabe dudar si es realmente la tecnología el gran enemigo de la Cultura o las empresas que manejan la, y nunca mejor dicho, industria cultural. ¿No será que toda esta maraña de empresas, con intereses yuxtapuestos, ven con terror la posibilidad de que muera su gallina de los huevos de oro?

Cada vez que ha habido un avance tecnológico significativo se han rasgado las vestiduras sectores que vivían de la Cultura. Ocurrió cuando personas como Thomas A. Edison pusieron a punto el fonógrafo y sus sucesores ("las actuaciones en directo estaban destinadas a desparecer"), cuando personas como Guglielmo Marconi perfeccionaron la radiodifusión ("sería el fin de las grabaciones") o cuando John Logie Baird y otros comenzaron las emisiones televisivas regulares ("será la muerte de la radio")... Sólo la aparición del cederrón parecía que realmente iba a matar al tradicional vinilo ("tradicional" de la segunda mitad del siglo XX), y ni aun así porque estamos asistiendo a su renacimiento. Cada invento iba a significar la desaparición de todo lo anterior; sólo se les olvidó darse cuenta que la sociedad es mucho más lista y sabe quedarse lo mejor del pasado y aprovechar lo que llega nuevo.

Es significativo que todas estas empresas no cejen en su empeño de ponerle puertas al campo y apoyen a ciegas cualquier norma o legislación que busque poner trabas a cualquier tipo de progreso tecnológico. La obcecación que muestran en no cambiar el modelo en que se han enrocado es, en mi humilde opinión, una de las mayores trabas que existen para el desarrollo cultural. Ya son muchas las voces, no sólo de usuarios y entes ajenos a cualquiera de estas gestoras, que se han alzado contra este modelo pero no alcanzo ni a explicarme ni a ver por dónde tienen agarrados a los partidos políticos para que, independientemente del color del Gobierno, no se mueva ni una coma de este obsoleto sistema. Un sistema que si fue válido en el nacimiento de la SGAE, allá por 1899, hoy está totalmente superado.

Las empresas gestoras de los derechos de autor tiene la más que loable labor de defender a sus asociados, al menos sobre el papel. Pero al paso de los años se han ido convirtiendo en un conglomerado crematístico que es casi imposible de desmontar por los innumerables intereses económicos que rodean ya a todas ellas. Por ejemplo: En 2008 la SGAE contaba con 91.000 asociados; de todos ellos únicamente 7.000 autores tenía derecho de voto en la Asamblea celebrada en dicho año (Asamblea en la que por cierto se intentó silenciar a las voces críticas con la gestión de esta empresa) y menos de la tercera parte de los asociados recibe algún dinero en concepto de los tan manidos derechos de autor. La empresa se escuda afirmando que el sistema de reparto que se aplica es aprobado y aceptado por la inmensa mayoría de sus miembros. Lo que no dicen si esa inmensa mayoría lo es del total de la masa social o sólo de los que pueden asistir a las Asambleas, porque se supone que este tipo de decisiones se toman en una Asamblea en la que no todos los socios tiene voz ni voto.

Realmente, por raro que pueda parecer, quien más obstaculiza la difusión cultural no es la tecnología; la tecnología va a seguir estando ahí, para bien y para mal. Las mayores trabas a la propagación de la Cultura proceden, precisamente, de la en muchos casos mal llamad industria cultural y su ansia desenfrenada de controlar todos y cada uno de los aspectos en los que parece tener competencia. De esas empresas que se dicen defensoras de la industria cultural... Y de los Gobiernos que han permitido con su actuación timorata y pacata que las leyes se hagan a medida de dichas empresas.

El BNG ha planteado tres preguntas parlamentarias relacionadas con el caso concreto de este Instituto coruñés. Puede criticarse el oportunismo de la misma, pero no es menos cierto que está poniendo negro sobre blanco en el más alto foro público de la nación una cuestión que lleva tiempo planeando sobre la sociedad: ¿Qué intereses tienen las empresas gestoras de los derechos de autor en poner trabas a la difusión cultural?

No deja de ser significativo que las gestoras de derechos de autor en general, y la SGAE en particular, estén entre las organizaciones peor valoradas por los españoles. En unos momentos en que se habla y mucho del nivel cultural de nuestra juventud, una de las preguntas planteadas es notable: ¿Comparte el Gobierno que el cobro de derechos de autor en estos casos no es un aliciente para que nuestros alumnos y alumnos se interesen por la cultura y constituye un abuso por parte de la SGAE?

Sinceramente, si yo fuera uno de los relacionados con esa representación me plantearía seriamente el organizar algo semejante otra vez ¿Para qué? ¿Para no tener más que problemas de índole administrativa? ¡Y además esos problemas son con una empresa privada!

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