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LA OTRA CARA DEL HOMBRE MÁS IMPOPULAR DE ESPAÑA

La ambición de Teddy


TRAS ARRASAR CON LOS CANARIOS, se reinventó como prestigioso gestor cultural. Sin embargo, su endiosamiento ha hundido a la SGAE en su peor crisis. Reconstruimos el auge y caída de Teddy Bautista, el ogro de los internautas.




G.G.Maestro / G.Suárez/ La Razón - En 1968, Teddy Bautista era un hombre pletórico. Tras una década de sudores sobre los escenarios, empezaba a paladear el éxito. Ese año, su tema «Get on your knees» fue la indiscutible canción del verano. La crítica les consideraba la gran esperanza del pop español. Su agenda estaba repleta de «bolos» por toda Europa junto a Los Canarios. Pero, en pleno subidón, llegó el mazazo: el Ejército le llamó a filas para que hiciese la «mili».

El diagnóstico era unánime: ningún grupo en pleno despegue podía aguantar un parón de casi dos años. Otros se habrían hundido, pero Teddy no tardó en ponerse a maquinar. Primero, dejó listas varias canciones. Después, aceptó que le buscaran un sustituto, Pedro Ruy-Blas, para cubrir las galas contratadas. Y sólo entonces se marchó al cuartel, donde aprovechó las horas muertas para empollar solfeo y armonía. «Desde allí seguía todos los pasos del grupo y, al cabo de un par de años, regresó a Madrid y se puso de nuevo al frente», recuerda Salvador Domínguez, guitarrista de Los Canarios a principios de los 70.

Con sólo 25 años, Teddy ya demostró los atributos que le han acompañado en su larguísima carrera. Una ambición arrolladora, una tenacidad sin límites y, sobre todo, un pragmatismo que roza lo despiadado. Así fue como triunfó como cantante, luego se transformó en productor de éxito y, finalmente, se reinventó como pionero de la defensa de la propiedad intelectual al mando de la SGAE.

Pero, en los últimos años, estas virtudes se han convertido en su mayor lastre. Ante los infinitos escándalos que han salpicado a la entidad, Bautista se ha enrocado en su personaje hasta ahogar los ecos de sus años de gloria. Pocos recuerdan ya sus éxitos como cantante o su prestigio internacional como gestor cultural. Lo que ha calado es su imagen de «tacañón» que cobra el diezmo a los pobres para que los artistas vivan a todo trapo.

Un artista incomprendido

Su momento más bajo ha llegado esta semana con la revelación de los cobros de la SGAE a diversos conciertos benéficos. Aquí no se libra nadie: ni un niño de seis años con síndrome de Alexander ni, como informó este diario, las asociaciones de víctimas del terrorismo. Este celo recaudatorio ha minado la imagen de Bautista, convertido en la «bestia negra» de millones de españoles. «Y lo más grave es que ni siquiera se da cuenta: como buen artista, se considera un incomprendido», asegura un antiguo colaborador, desolado ante la «deriva autoritaria de una persona que se metió en esto para ayudar a los artistas».


A Teddy siempre le ha gustado verse como el Mesías que rescató de la ruina a la industria cultural española. Pero, a la vista de los acontecimientos, parece inevitable que pase a la historia como el Judas que hundió la reputación de los artistas. Un papel que, por cierto, no le es ajeno: uno de sus grandes éxitos como cantante fue su interpretación del apóstol en la primera versión  española de «Jesucristo Superstar» en 1975.

Oportunidad única

Eduardo «Teddy» Bautista (Las Palmas de Gran Canaria, 1943) siempre quiso ser una estrella. A los 15 años ya tenía su propio grupo, Los Diablos del Rock. Tras años de ensayos, la oportunidad de su vida le llegó en 1965 tras un concierto en un hotel sevillano. Según Salvador Domínguez, su energía encandiló a un empresario estadounidense, Dudley Cooper, que le ofreció que su grupo actuara durante tres meses en su cadena de parques de atracciones. Ellos se lo tomaron a guasa, pero poco después recibieron un sobre con el contrato, los visados y los billetes de avión. Y, poco después, el grupo se decidió a hacer las Américas.

En septiembre del 66, Los Canarios regresaron a España con un estilo más definido: un pegajoso cruce de pop, soul y R&B. Animados por la ambición de Teddy, instauraron un espartano régimen de ensayos: diez horas diarias más conciertos. «Tomábamos un bocadillo y seguíamos tocando como si nos fuera la vida en ello», recuerda el trompetista Feliciano «Nano» Muñoz. «Teddy era un tipo único, con unas ideas muy modernas, lo que le hacía tener seguidores incondicionales, pero también enemigos acérrimos».

Los resultados de tanto trabajo se notaron enseguida con el bombazo de «Get on your knees» y «hits» como «Peppermint Frappé». Ni siquiera el «exilio» de Teddy lastró a un grupo en ebullición. Eso sí, del famoso triunvirato del «showbiz», ellos sólo cumplían dos: el sexo y el rock, puesto que el gran líder no toleraba las drogas. «Me presenté al primer concierto con un porro y el batería casi me mata: me dijo que si me veía Teddy me echaba», dice Salvador Domínguez

Pero el éxito no colmó durante mucho tiempo a Teddy. Poco a poco, se obsesionó con el rock progresivo y decidió dar un giro a su carrera. En 1972, echó de mala manera a sus músicos de siempre y montó una nueva banda, más ambiciosa. Aun así, nunca replicó los éxitos de la formación original y a mediados de los 70 disolvió definitivamente el grupo.

Fue entonces cuando se puso la camiseta de agitador cultural. Primero desde el sindicato vertical, donde peleó para convertirlo en un sindicato de músicos durante la transición junto a miembros ilustres de la progresía como Víctor Manuel. «Estaba metido en todos los fregados reivindicativos», recuerda Juan Márquez, miembro en los 70 del grupo Coz y luego vicepresidente de Sony para Latinoamérica. «Tenía madera de líder. Era un hombre muy capaz, con sus virtudes y sus defectos, ambicioso e individualista. Nunca ha sido un cultureta, pero sí un estajanovista. Buscaba la perfección en todo lo que hacía. Por aquel entonces, el único vicio que tenía era el afán de poder».


Su gran asalto a la SGAE se produjo en 1983. Tras muchos años de socio, se incorporó a la Junta Directiva como vicepresidente y consejero delegado. Su objetivo declarado era arrebatar el control al sector más conservador. Si hay algo que ni el más acérrimo de sus enemigos discute es su sagacidad para modernizar la estructura de una sociedad centenaria, además de su oportunismo: «Se siente muy cómodo con el PSOE, pero sí hay que casarse con el PP no tiene problema alguno en hacerlo», cuenta un antiguo trabajador de la gestora, que recuerda los premios que la SGAE entregó a varios ministros populares.


Teddy es un obseso de la tecnología, así que uno de los primeros retos que se impuso fue la informatización de la gestión interna. Pero el gran logro de esa época fue el alumbramiento de la Ley de Propiedad Intelectual de 1987, que dotó a la institución de nuevas herramientas y vías de recaudación. Los autores echaron las campanas al vuelo. La caja de la SGAE se empezó a llenar a un ritmo vertiginoso. «Más que un hombre de la música, es un tecnócrata», explica el dramaturgo Juan José Alonso Millán, presidente de la entidad hasta que le desbancó Bautista. «Los artistas somos unos vagos, pero Teddy es un obseso del trabajo».

Teddy palpó con nitidez las posibilidades que había detrás del mundo de los derechos de autor en una sociedad como la española, hambrienta de cultura. No se conformaba con ser un gestor tan prestigioso que sus colegas extranjeros le colocaron al frente de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores. No, él quería dotar a la industria musical española de un empuje inédito hasta la fecha, con él en el papel de factotum.

No hay límites

El sueño reverdeció en 1991 con la irrupción de las televisiones privadas. A partir de entonces, los ingresos por derechos de autor se multiplicaron: de los 24 millones repartidos entre los socios en 1985 se ha pasado a 363 el año pasado. Teddy entendió que no había límites y vislumbró la posibilidad de hacer realidad su sueño. «Pensó que la mejor manera de frenar el avance imparable de la cultura estadounidense era la creación de plataformas de difusión y promoción de la cultura española y latina. A esta ambición obedece un faraónico plan de expansión en España y en otros países que contemplaba la apertura de teatros y centros culturales que sirvieran de escaparate para los autores españoles», asegura un ex trabajador de la sociedad de gestión.

Bien asentado en su papel de rey Midas de la industria cultural y con un férreo control de la entidad, ya como presidente del Consejo de Dirección, cargo que ocupa desde 1995, alrededor de Bautista empezaron a surgir voces discordantes.

Muchos veían cómo el protagonismo ganado por la SGAE en los 80 había crecido de forma desproporcionada hasta romper las costuras del traje. «Se metió en un terreno que iba más allá de la mera recaudación y gestión de los derechos», explica Juan Márquez, quien como otras personas consultadas para este reportaje, critican el «mercantilismo excesivo» y su «afán desmedido por implantar su idea de lo que tiene que ser la cultura».

Gallos de pelea

Polémicas decisiones ayudaron a que esa bola de nieve en su contra cogiera inercia. En un gesto que sorprendió a muchos, abrió las puertas de la SGAE a los editores. «Era como meter a dos gallos de pelea en una misma jaula, puesto que en el pasado habían estado enfrentados, ya que representan intereses contrapuestos», dice un viejo amigo. Mientras, el caudillo se parapetó tras su guardia pretoriana y eliminó cualquier discrepancia. «Si alguien mueve ficha para organizar una oposición mínimamente seria es sistemáticamente pisoteado», asegura un ex colaborador que, como muchos otros, opta por un prudente el anonimato.

Juan Antonio Bardem logró armar una candidatura para las elecciones de 1995. El cineasta tenía cosas que denunciar: un supuesto agujero en la contabilidad de 30.000 millones de pesetas, un «capital incontrolado» procedente de la acumulación de patrimonio inmobiliario y 18.000 millones de pesetas que, según el cineasta, no habían sido repartidos. Sin embargo, cayó derrotado en las elecciones, igual que caería Loquillo en 2001, atrapado en la tela de araña del sistema electoral de la SGAE, calculado al milímetro para que los artistas más taquilleros controlen quién entra y sale de la cúpula.

«Teddy es un hombre con una visión, quiere lo mejor para los autores. Además, posee un instinto especial para solucionar problemas», explica Julio Castejón, líder  de los legendarios Asfalto. Por eso, Teddy no soportó la idea de que el Ministerio de Cultura diera luz verde a la creación de la sociedad gestora DAMA, creada en 1999 por un grupo de cineastas que se marcharon airados de la SGAE, no sin antes denunciar «falta de transparencia» en el reparto de ingresos. De esta manera se rompió otro de los dogmas de Teddy: liderar una gestora fuerte y sin competencia. Curiosamente, en ese grupo de «rebotados» estaba la actual ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde.

Piratas «pajilleros»

Con el cambio de siglo se derrumbó otro de los pilares de la SGAE: su buena imagen. Al principio, Teddy se parapetó tras Ramoncín, el villano ideal por sus histriónicas declaraciones contra los «piratas», a los que tachó de «pajilleros». Sin embargo, la polémica aprobación del canon digital le forzó a ponerse en primer plano. Y el pujante «lobby» de los internautas le convirtió en su principal enemigo.


Teddy no digirió bien este cambio. Por cada ataque que recibía, él respondía con una barbaridad mayor. Así fue cuajando su imagen de prepotente y anticuado, incapaz de adaptarse a la sociedad digital. Al mismo tiempo, la Prensa destapó infinidad de escándalos: gastos faraónicos, uso de detectives en bodas, «tarifazo» en las fiestas populares... «Y, en vez de hacer autocrítica, Teddy se enrocó: tiene un problema de soberbia que se ha enquistado en el ADN de su entidad», explica otro ex asesor.


A estas alturas, Teddy llevaba un cuarto de siglo al mando y tantos años pisando moqueta le habían distanciado de la calle. Sus antiguos empleados aseguran que su «brillantez» como gestor se convierte en «una torpeza inaudita» a la hora de buscar colaboradores. Así, se vio rodeado de un grupo de aduladores que, lejos de hacerle reflexionar, azuzan su faceta más soberbia. «Incluso quitan las noticias negativas de sus resúmenes de Prensa, porque saben que la ira de los dioses es impredecible», cuentan varios ex empleados.
Así llegó el escándalo de esta semana: el cobro de derechos a  conciertos benéficos. Como informó este diario, el descrédito de la SGAE preocupa a varios miembros de la Junta Directiva, que plantearán el tema en su próxima reunión. Por primera vez, los directivos sopesan si ha llegado el momento de que, a sus 66 años y con tres hijos, el líder omnipotente ceda el testigo. «Si se llega a retirar hace cinco años, le habrían puesto un monumento, pero ahora está endiosado», dice un antiguo consejero.

Su peor enemigo

Otra cuestión es si Teddy aceptaría una retirada . Él asegura que piensa «todos los días» en la jubilación. Además, quienes le conocen creen que tantos ataques le hacen mella. Sin embargo, la SGAE es su criatura y, como todo líder carismático, sólo se irá con la sucesión atada. «Pero se gusta tanto a sí mismo que ni un Nobel estaría a la altura de sus expectativas», señala el antiguo consejero. «Y así, mientras encuentra al elegido, han pasado 25 años. Él es su peor enemigo: su gran tragedia es que no pasará a la historia como el líder de Los Canarios, sino como el presidente de la detestada SGAE».

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