OPINIÓN DE CARLOS GIL ZAMORA

¿De qué discutimos?


La dinamitera señora González-Sinde está logrando en muy poco tiempo que la ciudadanía emparente Cultura con SGAE, y por lo tanto con dinero, subvenciones, derechos y privilegios. Los que estamos en contra de la obsoleta no-nata ley, en contra de algunas actitudes de la actual dirección de algunas entidades de gestión de derechos, deberemos salir a la calle a defender el buen nombre de la inmensa mayoría de los creadores de Cultura, frente a los que se dedican a confundir a todos intentando colar el entretenimiento barato y descerebrado como Cultura. La no-nata ley Sinde no habla de nada de lo que dice su titular que habla, simplemente se dedica a poner por encima unos valores mercantiles convertidos en derechos fundamentales y para ello judicializa la cultura que es lo que nos faltaba.




Realizado el acto de evacuación de las toxinas que provoca la maldita ley que cuando salga ya estará obsoleta, porque siempre que se parchea algo, especialmente si es una tubería de plomo, acaba reventando al poco por otro punto y mientras cambian todas la tuberías y en primer lugar a la fontanera sin discurso, veamos que se está cruzando en el debate o discusión.

Un gran cineasta aseguró hace unas semanas que entrábamos en el tiempo de la cultura y el arte gratis. Uno lee este concepto como titular y se queda absorto, intentando descifrar a qué se refiere. Porque casi todo el mundo sabe que gratis, lo que se dice gratis, solamente quedan los amores de madre. ¿Es gratis la televisión que recibimos en abierto? Ya sé que no es cultura, pero según la teoría Sinde, es la única cultura que le preocupa, porque si miramos los contenidos de las cadenas generalistas, grandes, pequeñas o medianas, existen muchas ficciones, algunas en forma de película, que es una de las pocas maneras que algunos cineastas tienen para que su obra sea vista por el público. Eso cando es gratis, porque cuando hay que salir, comprar una entrada y un paquete de palomitas, la selección es mayor y los públicos van a ver las películas a las que van.

Ahora mismo se me ocurre que en las últimas décadas aparecieron los diarios gratuitos, esos que se entregan a la entrada de los transportes públicos. Fue un boom, y han ido desapareciendo porque no eran rentables. Este propio medio de comunicación, como muchos otros miles, son gratuitos, y cuando en los grandes periódicos decidieron cobrar por ver sus ediciones digitales se encontraron con la realidad, bajaba de manera geométrica el número de visitas.

Perdonen la empanada, comprendan las fechas, los excesos. No quisiéramos agotar el tema, ni desviarnos demasiado, simplemente ir acotando conceptos pequeños para entender cómo debe ser el futuro de todos los asuntos a los que consideramos hoy en día Cultura, y muy especialmente a los que se hacen en vivo, los pertenecientes a las Artes Escénicas, y nosotros deberíamos añadir una parte colateral: la edición de libros, revistas, que informan o proporcionan material de formación sobre estas materias.
Ya hemos hablado varias veces sobre el precio de las cosas en esta columna. Y de eso sí que se podría discutir, colocar conceptos, ideas, acercarse a la realidad social, política y económica. Porque cuando se habla de la cultura gratis, no se dice que los que creadores sean amateurs o adinerados ociosos que puedan dedicar un tiempo diletante a esos menesteres, sino que se debe buscar un sistema que proteja la creación, pero que en la distribución y el disfrute de esos bienes culturales exista la máxima voluntad democrática, que puedan acceder a ella el máximo número de ciudadanos, sea cual sea su capacidad económica. Y aquí, abro otro paréntesis.
Acabo de llegar de Barcelona, del lugar donde nací, con mis familiares de primer grado implicados en asuntos de esta índoles, asegurándome que en un centro social y cultural del barrio donde todos empezamos a dar nuestros primeros pasos sobre un escenario, que tiene un pequeño teatro, que montan zarzuelas, pastorets y obras dramáticas de manera vocacional, no van a poder realizar una zarzuela mensual, como era costumbre, ya que llenando la recién remodelada sala a tope, como sucede, pierden dinero. Y entonces con la pregunta tonta, ¿cuánto vale la entrada? La respuesta se convierte en una alerta: Veintidós euros.

Es decir una entrada para ver una zarzuela de repertorio, con una orquesta corta y cantantes no profesionalizados, más de trescientas personas son capaces de pagar veintidós euros, cantidad que si se mira las programaciones de la inmensa mayoría de los teatros integrantes de La Red estatal, no se cobra casi nunca, sea el coste que sea lo ofrecido. Todo es relativo, todo tiene que ver con la educación teatral de las sociedades. Seguiremos con este asunto que tiene muchísimas aristas. No se agota, y podemos ponernos mucho más demagógicos, pero uno de los fracasos de nuestras sociedades es que la Cultura de calidad es apreciada por unos pocos, y que a las clases sociales más populares se las condena a ver a la princesa periodista o la princesa del pueblo y todas sus cohortes mediáticas.

El año que viene a lo mejor la señora González-Sinde recibirá muchas congratulaciones y aplausos de los que la han colocado en el cargo para defender sus intereses, pero ella misma asegura que se va a bajar drásticamente el presupuesto de su ministerio. A ella le importa muy poco.

Ella y los suyos cobrarán exactamente igual. El problema es para sus "súbditos" que debemos editar libros, revistas sobre temas culturales sin ayuda de ningún tipo de su ministerio, de las compañías de teatro o danza que deben malvivir, de las productoras de cine independiente que no pueden acabar sus cortos, o sus largometrajes o de los músicos que ven como existen varias categorías no justificadas por sus valores sino por sus adhesiones partidistas. Sin productos culturales, no habrá descargas. Muerto el perro, se acabó la rabia

El año que viene seguiremos, con esta ministra o con otra. Incluso sin ministerio, la Cultura funcionará, mejor o peor. Y si es gratis total, de co-pago como es ahora, o a precio de mercado, será una cuestión que entrará en un proceso de deabte social y político de largo alcance.

Pero primero habrá que ponerse de acuerdo en algo tan sencillo como es saber todos de qué estamos discutiendo. Porque con tanto ruido han logrado que el señor Alejandro Sanz, desde Miami, sin pagar impuestos aquí, nos llame fascistas a los que nos hemos dejado el culo por la democracia y las libertades. Y que encima le apoye la ministra. Vergonzoso.

Columna de Carlos Gil Zamora en