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opinión de javier cuchí

Muerte civil: ¿homicidio o suicidio?


El pasado jueves asistí a la práctica defunción de los derechos civiles, en tanto que propietarios de un piso, de dos vecinos de mi comunidad, por causa de la digitalización. Lo digo con tristeza, pero también con un cierto cinismo derivado de la constatación de una realidad ante la que poco o nada puede hacerse.




Mi comunidad de propietarios es pequeña, somos poco más de una docena de vecinos; y, aunque tiene en su historial algún conflicto, yo, antes que de «conflictiva», la calificaría de «insolidaria», es decir, todo el mundo le importa un pimiento a todo el mundo y búsquese la vida cada cual. Además, con los años, varios vecinos se han ido jubilando y, de ellos, los de la generación de chalecito en urbanización, se han ido a vivir a sus casitas dejando el piso o bien alquilado o bien cedido a descendientes, hijos o nietos; otros han hecho lo propio sin necesidad de jubilación. De los jubilados que quedan, la mayoría son ya muy mayores y/o están muy cascados. Del resto de vecinos -la mitad- somos ya casi minoría los que llevamos más de quince años en la finca y nos falta aquel apego que en casi todas las comunidades -no en la nuestra, desde luego- dan los años.

Como nadie quería ser presidente de la comunidad, unos porque no podían al vivir fuera, otros por edad o enfermedad y otros porque pasaban de todo (también de la ley que les obliga pero sin fuerza ejecutiva real), los que quedamos decidimos entregar la finca a un administrador, con lo cual, la función de un presidente es prácticamente testimonial y menos gravosa para los cuatro o cinco tontos que aún cumplimos con nuestra obligación. Sumado lo uno con lo otro, ha resultado que el debate sobre las cosas de la finca se realiza prácticamente en su integridad por correo electrónico. Pero es que, últimamente, también la toma de decisiones.

El jueves pasado hubo junta de propietarios para debatir los presupuestos de un par de actuaciones necesarias para la finca: sólo asistimos, aparte del administrador, claro, otros dos vecinos y yo (y un cuarto a última hora). Hasta el presidente de la Comunidad excusó su asistencia. ¿Y qué nos encontramos? Con que ya estaba el pescado vendido: todo el mundo había votado por correo electrónico delegando en el administrador y el voto de los presentes quedó como un patético simbolismo a beneficio del acta.

Los dos vecinos primeramente citados -ambos mayores- se quedaron estupefactos: ya no por haber perdido la votación (que no fue el caso, porque el resultado ya les pareció bien) sino porque, así las cosas, en lo sucesivo? ¿cómo iban ellos a formular quejas o sugerencias o reclamar derechos y ser oídos por los demás? Porque ellos no tenían correo electrónico; o, mejor dicho, no querían utilizarlo: uno por tozudez y el otro porque, verdaderamente, desconoce el medio. Uno de ellos argumentó que si, por ejemplo, él tenía conocimiento personal de que uno de los contratistas cuyo presupuesto se había aceptado era un negligente de aquí te espero o, por el contrario, que se había rechazado a uno un poco más caro pero notoriamente conocido por ser un profesional sumamente serio y solvente ¿cómo transmitía esa información al resto de propietarios?

Yo balbuceé que, bueno, siendo un problema de únicamente dos vecinos, el presidente podría ocuparse de que la información que se debatiera en un momento determinado por correo electrónico les llegara a ellos y que ellos, por ese mismo conducto, podrían hacer llegar a los demás sus observaciones. Pero sé que fue hablar por hablar: ningún presidente querrá hacerse cargo de eso en esa Arcadia feliz de comunidad que he descrito, y más considerando que la solución es fácil: que usen, como todos los demás, el correo electrónico. Intenté disuadir al obstinado: inútil. Sugerí al otro que alguno de sus hijos (tiene un porrón de ellos) podría ocuparse de eso (como hace el de otra vecina, que no necesita excusas porque está, verdaderamente, muy enferma): que no, que sus hijos tienen muchísimo trabajo (otro al que le parece que los demás estamos siempre de vacaciones).

Tienen, por supuesto, todo el derecho del mundo a no utilizar el correo electrónico, pero ese derecho, como tantos otros, va a ser arrasado -y, encima, dentro de la legalidad- por la cruda realidad digital: o entras en ella, o estás muerto a los correspondientes efectos. En tanto que la ley permita la delegación de voto y no exija de manera prácticamente militar la asistencia personal a las juntas de propietarios, todas las sucesivas en mi comunidad (y sospecho que en muchísimas otras) van a ser como la que he descrito o aún peor, porque, así las cosas, será también la última a la que yo asista hasta que sea presidente de nuevo. Que tampoco: allá el administrador; como harán todos los demás, pasaré a firmar lo que haya que firmar cuando tenga tiempo y ganas (y eso si no recurro a la firma digital) y aire.

No lo digo con entera satisfacción pese a ser un entusiasta de lo digital y de las TIC.

Hace doce años me hice cliente de ING porque me atrajo su banca integral por Internet: estaba harto de oficinas y de oficinistas bancarios (y de comisiones, y de martingalas) y podía sacar dinero sin gastos adicionales de cualquier cajero, prácticamente. Esto se fue complicando, hasta en los últimos tiempos en que cada vez está la cosa francamente más difícil, pero? al intentar verificar esas dificultades me he dado cuenta de que cada vez uso menos el dinero en efectivo, incluso para pequeños pagos; ni siquiera tengo que utilizar la tarjeta física, lo hago todo con el NFC del móvil: un simple movimiento de bolsillo. Y el día que fallezca mi reloj aún clásico (electrónico, pero clásico) será sustituido por un smartwatch y ni siquiera tendré que tocar el bolsillo.

Pero pienso en todos esos ancianos que apenas se saben manejar bien con unos cajeros que, encima, están desapareciendo (aún no se nota mucho, sobre todo en grandes corporaciones, pero no tardará en hacrse patente), que se aclaran con sus movimientos y saldos con la libretita de toda la vida pero no más allá, que no saben apenas interactuar en Internet, solamente navegar y mirar (los que llegan siquiera a eso), absolutamente incapaces de encontrar y entender listados de movimientos bancarios y menos aún de asociarlos razonablemente a su humilde y primaria contabilidad doméstica; pienso en personas como mi madre, enferma de Alzheimer, que no tardará mucho en quedarse sin revistas de papel (que cada vez nos cuesta más llevarle ante la desaparición acelerada de kioskos) y que nunca ha entrado en Internet, ni siquiera cuando estaba bien de salud; pienso en las cajeras del súper, que irán al paro por miles en cuanto la tecnología de etiquetación RFID y su lectura y cargo automáticos se generalicen (dentro de muy pocos años) gracias al abaratamiento inherente a la economía de escala?

Sí, hay quienes dejarán que su tozudez les lleve a la muerte civil de hecho, pero me importan, sobre todo, aquellos para quienes no es un problema de tozudez sino de capacidad de comprender y de actuar; no me preocupan los que prefieren morir antes que ceder, me preocupan los que pueden morir por no saber acceder. No me importa el suicidio de unos, pero sí el homicidio que se comete sobre otros.

No se puede frenar la evolución tecnológica. No se debería, aunque se pudiera; pero no se puede. Sin embargo, eso no debe ser excusa para olvidar a los excluidos. Hay una brecha digital que, hoy día, ha dejado de ser económica -contra la que tanto y tanto clamamos desde la Asociación de Internautas- para pasar a ser cronológica y es una brecha digital que afecta directamente -y negativamente- a la vida cotidiana de las personas o, dicho de otra forma, que tiene entidad para amargarles la vida a sectores crecientemente amplios de población, de una población que, conviene no olvidarlo, envejece más y más a cada día que pasa.

Tendríamos que pensar que, bajo pena de muerte, a viejos llegaremos todos (y algunos lo tenemos ya bastante cerca) y que llegará el día en que seremos sencillamente incapaces de asumir, de comprender, de adaptarnos a un movimiento digital uniformemente (¿o geométricamente?) acelerado. Ya que hemos tenido la suerte de vivir esta época y de percatarnos de sus daños colaterales, luchemos por eliminarlos o, siquiera, minimizarlos.

Por la cuenta que nos trae a nosotros mismos. Nadie es siempre joven (aunque siempre nos lo parezca hasta que el error se hace evidente).

Reproducido de Neuronazos


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