Noticias - 23/Marzo/00

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La revolución Europea

TRIBUNA LIBRE ROMANO PRODI

No debe pasar inadvertida la callada revolución que ha comenzado en la Unión Europea: el creciente reconocimiento, desde el Artico hasta Andalucía, y desde Grecia hasta Galway, de que Europa debe aumentar espectacularmente su competitividad si no quiere salir perdiendo cuando se implante una economía totalmente global basada en la tecnología digital y la información. Este reconocimiento de la necesidad de actuar rápidamente va a culminar en la cumbre especial que se celebrará esta semana en Lisboa. Si, tal como espero, Blair y sus homólogos de la UE aceptan una serie de medidas radicales propuestas por la Comisión Europea para cambiar completamente la situación actual, incluso los más recalcitrantes euroescépticos tendrán que admitir que no es malo todo lo que proviene de Bruselas.

La idea de que Bruselas está más interesada en crear unos Estados Unidos de Europa que una economía dinámica carece de fundamento. En primer lugar, el modelo estadounidense no puede aplicarse de forma sistemática en Europa, cuya fuerza radica en su diversidad. En segundo lugar, he presentado la reforma económica como uno de los asuntos a los que la Comisión ha concedido el máximo grado de urgencia.

En el pasado se han sucedido las iniciativas para aumentar la competitividad de Europa. Sin embargo, la situación actual parece diferente. La creación del mercado único europeo y el esfuerzo posterior de los gobiernos de la UE para cumplir con los rigurosos requisitos del euro han producido las mejores perspectivas macroeconómicas en Europa en muchos años.

Europa disfruta ahora los beneficios de una tasa de inflación baja, de un gasto público controlado y de una balanza de pagos saneada, y según cálculos conservadores, el crecimiento económico de este año y el próximo será del 3%, lo que da a entender que una recuperación económica sólida y duradera nos espera a la vuelta de la esquina. El desempleo continúa en niveles inaceptables, pero ha empezado a disminuir.

Por otro lado, ha comenzado a crearse un consenso con respecto a la forma que debe adquirir la reforma económica. Europa ya no se encuentra básicamente dividida entre corporativistas y defensores del libre mercado, entre el modelo anglosajón y el continental, o entre partidarios y detractores del Estado del bienestar. Pocos niegan ya la necesidad de efectuar duras reformas estructurales, de desregular la economía, de crear mercados laborales flexibles y de modernizar el sistema de pensiones. Y muchos países se atreven ahora a plantearse la meta del pleno empleo. ¡Cuánto han cambiado los tiempos!

La Cumbre de Lisboa será la ocasión oportuna para que las naciones de Europa analicen sus necesidades económicas, se pongan de acuerdo en soluciones comunes y fijen un calendario para resolver sus problemas. Bruselas no puede obligar a los gobiernos de los países miembros a tomar decisiones difíciles, pero puede ejercer presión para convertir la reforma en un proceso imparable. Además, estamos sembrando en terreno fértil. La globalización, las presiones presupuestarias y, sin duda, la moneda única ya están obligando a los gobiernos a modernizar sus economías.

La retirada de BMW de Rover ha conmocionado al pueblo británico, sobre todo por su terrible impacto en los trabajadores de Rover y en sus familias. El hecho también pone de manifiesto el alcance de la interdependencia que existe entre las naciones europeas ahora que sus principales agentes económicos luchan por hacerse con un lugar en un mercado europeo cada vez más competitivo y sometido a un intenso proceso de reestructuración.

Por mi parte, presentaré un programa de medidas radicales con el objetivo de convertir a la economía europea en una de las más competitivas del mundo en un plazo de 10 años. Para lograr esto, pienso proponer que cerremos las fisuras del mercado único europeo para el 2004 a fin de mejorar todos los sectores que actualmente rinden por debajo de sus posibilidades, como las transacciones financieras transfronterizas, el sectorde la energía y el de las compañías aéreas. Europa debe convertirse en sinónimo de servicios bancarios de bajo costo y tarifas aéreas reducidas, y no digamos ya de llamadas telefónicas baratas para potenciar el acceso a Internet y la telefonía móvil.

Debemos crear un clima empresarial en el que resulte rentable contratar trabajadores, darles formación, aportarles capital riesgo y llevar al mercado sus mejores proyectos. Y, tal como muestra la guerra de precios de acceso a Internet que se libra ahora, la tecnología digital se impone cada vez más en el mercado. Creo que debemos intentar que todos los europeos adquieran conocimientos del mundo digital proporcionando acceso a Internet a todos los colegios para el 2001, formando a todos los profesores para el 2002 y cerciorándonos de que todos los ciudadanos puedan acceder a la Red en el 2005.

La Comisión Europea puede contribuir a disminuir gasto público de los países aumentando la presión sobre las autoridades para que adquieran bienes y servicios al mejor precio posible en el mercado de toda la UE, y haciendo posible que los establecimientos comerciales se anuncien en Internet para aumentar la competencia. Al mismo tiempo, los propios recursos financieros de la UE deben ser examinados antes de finalizar el año y emplearse de forma más inteligente si es necesario. La revolución de Internet nos ofrece una excelente oportunidad para reducir la pobreza en Europa, pero podría tener el efecto contrario si no se pone a disposición de todos los ciudadanos, independientemente de factores como la riqueza, el color de la piel, la procedencia, el sexo o el nivel social. La Comisión calcula que los problemas de salud, el crimen y demás efectos negativos del desempleo y la pobreza producen cada año un gasto de entre uno y dos billones de euros, es decir, entre el 12% y el 20% del PIB de los países de la UE.

La exclusión social, aparte de ser moralmente inaceptable, es un derroche de recursos. Las reformas económicas no podrán tener éxito a menos que el público las apoye.

La Comisión también aprovechará la Cumbre de Lisboa para pedir a los países europeos que modernicen su sistema de asistencia social con el objetivo de garantizar el pago de las pensiones a largo plazo. Esto incluye potenciar el mercado de los planes de pensiones privados, lo que en sí mismo constituye una lucrativa fuente de liquidez para invertir en la nueva economía. Solicitaré que se realicen más inversiones en educación y en formación, y que el pleno empleo vuelva a considerarse un objetivo viable de la política social y de la política económica.

Siempre existe el riesgo de que nosotros, los líderes europeos, regresemos de Portugal con el bolsillo lleno de tópicos en lugar de una plataforma sólida sobre la cual podamos construir el futuro. Si esto ocurre, será porque las presiones políticas obligarán a los países miembros a insistir en las cuestiones que nos dividen. Ha llegado la hora de romper con la tradición de ocultar nuestras diferencias sobre la reforma económica con comunicados evasivos y elegantes. De todos modos, estas diferencias están desapareciendo. Necesitamos fijar objetivos, fechas y plazos que contribuyan a crear el clima apropiado para fomentar el crecimiento económico y preparar a los ciudadanos para que aprovechen al máximo las oportunidades. La nueva economía no va a esperarnos.

Romano Prodi es presidente de la Comisión Europea.

 


REPRODUCIDO DE EL MUNDO