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El anonimato, el cifrado y la obsesi贸n por el control

El anonimato, el cifrado y la obsesi贸n por el control


Las recientes demandas del Partido Popular en Espa帽a en torno a una supuesta "eliminaci贸n del anonimato en las redes sociales", expresadas por su portavoz, Rafael Hernando, a ra铆z de unas presuntas amenazas expresadas en Twitter contra la Secretaria Primera de la Mesa del Congreso y presidenta del Comit茅 Electoral Nacional del PP, Alicia S谩nchez Camacho, no hacen m谩s que reflejar una cuesti贸n: que el Partido Popular no entiende la red.

Enrique Dans.- Partamos de la base de que el ?calentamiento de boca? de Hernando proviene de un an谩lisis serio, consecuente y consensuado con su partido, y no de una simple reacci贸n en caliente frente a los mensajes recibidos por su compa帽era: como ya coment茅 en el a帽o 2011, el anonimato es y debe ser un derecho fundamental en la red, y eso no es simplemente una frase que diga yo, sino adem谩s, la opini贸n de organismos tan autorizados como la Electronic Frontier Foundation (EFF), que posee toda una interesante secci贸n de su p谩gina web dedicada a la reflexi贸n sobre el tema, o las Naciones Unidas, que afirman que el cifrado y el anonimato son elementos fundamentales a la hora de permitir que los individuos ejerciten su libertad de opini贸n y de expresi贸n en la era digital, y que como tales, merecen una protecci贸n fuerte y categ贸rica. Hablamos, pura y simplemente, de un derecho fundamental, de un elemento important铆simo en la esencia de las sociedades democr谩ticas: no se puede hablar de la eliminaci贸n del anonimato o de la prohibici贸n del cifrado sin asumir de manera inmediata una importante erosi贸n en la calidad de la democracia de un pa铆s

Todos los que alguna vez hemos sido agredidos, acosados o insultados a trav茅s de la red experimentamos una necesidad inmediata de reaccionar, de responder a la agresi贸n de alguna manera. En muchos casos, la respuesta se da a trav茅s del propio canal, cayendo en el manido ?don?t feed the troll? que, lejos de ser una verdad absoluta, no deja de ser un simple aforismo con muchos matices imprescindibles. Cuando adem谩s el agredido es un miembro de la escena pol铆tica con capacidad de intervenci贸n sobre la legislaci贸n, la tentaci贸n de ?legislar en caliente? es inmediata, humana y comprensible. Pero no por ello menos censurable: al pol铆tico debe exig铆rsele un m铆nimo de madurez, y una de las maneras de demostrar tal madurez es precisamente tratando de examinar todos los elementos implicados en una decisi贸n.

El anonimato en las redes no puede ser eliminado salvo que se asuman infraestructuras enormes y la creaci贸n de un entorno autoritario como el existente en pa铆ses como China, convertida en la versi贸n corregida y aumentada del Gran Hermano imaginado por George Orwell en su ?1984?. Pretender que las redes sociales asuman como propia el deseo de perseguir el anonimato de un gobernante es algo tan realista como cuando alg煤n desinformado personaje, hace a帽os, pretend铆a ?hablar con Bill Gates para que pusiera la 帽 en internet?. Las redes sociales, por mucho que tengan que desarrollar su actividad dentro del marco legislativo definido por los pa铆ses en los que act煤en, no est谩n para satisfacer los deseos de control del pol铆tico de turno.

Las comparaciones habituales a los que los pol铆ticos recurren en muchas ocasiones tampoco sirven: el paralelismo entre ?el huevo de Twitter?, ya eliminado y sustituido por otro formato en un intento de eliminar sus connotaciones negativas,y la imagen de quien va por la calle enmascarado no funciona como tal: la eliminaci贸n del anonimato ser铆a comparable, m谩s bien, con una supuesta obligaci贸n de exhibir constantemente nuestra identidad con un cartel colgado del cuello o una etiqueta cosida en la ropa, algo solo exigible a aquellos que tienen encomendadas funciones que requieren un especial control, como los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. En la red, el anonimato como tal est谩 muy lejos de ser tan ubicuo como algunos piensan: los mecanismos que convierten a alguien en completamente an贸nimo son dif铆ciles de poner en pr谩ctica a un nivel tal que convierta la identidad de la persona en verdaderamente dif铆cil de obtener. Ante la comisi贸n de un delito y tras el requerimiento judicial correspondiente, son raros los casos en los que un usuario no puede ser identificado. Pero para ello tenemos que partir de una base fundamental: que exista un delito, y que un juez considere adecuado, proporcionado y justificado requerir la identificaci贸n de quien lo cometi贸.

Estoy totalmente a favor de identificar, perseguir y condenar a todo aquel que cometa un delito en la red, siempre que efectivamente sea un delito y que un juez as铆 lo determine. Condenar a quienes injurian, difaman, acosan o amenazan en la red es importante, porque eso nos convierte en una sociedad m谩s libre y evita que los matones dominen la conversaci贸n. Separar los delitos determinados por un juez de otras cuestiones importantes en una sociedad democr谩tica, como el derecho a la parodia, a la iron铆a, al uso del humor en todas sus vertientes o a la cr铆tica y el activismo es tambi茅n fundamental, y debe ser considerado como algo muy importante, que no deber铆a peligrar en una sociedad sana. Es importante buscar, adem谩s, un efecto ejemplificador que, dentro de la l贸gica y la mesura, contribuya a la educaci贸n de la sociedad en un contexto relativamente novedoso ? ya no tanto, pero concedamos que no de manera universal ? como el de las redes sociales. Se tarda tiempo en educar a una sociedad, pero se termina consiguiendo si se utilizan las herramientas adecuadas.

Todo pol铆tico y toda persona con acceso al poder manifiesta de manera inmediata un deseo irrefrenable de control. La sensaci贸n de que, por ejemplo, eliminar el cifrado es una manera de evitar que los delincuentes se oculten es muy primaria y revela un desconocimiento profundo del funcionamiento de la red: si prohibimos el cifrado, estar铆amos generando en primer lugar un absurdo conceptual ? no hay nada que debilite m谩s el prestigio de un pol铆tico que la promulgaci贸n de leyes imposibles de cumplir ? y, en segundo, provocar铆amos que los delincuentes simplemente buscasen m茅todos m谩s sofisticados, ante lo cual nos quedar铆amos vigilando y monitorizando a los que no lo son.

En las sociedades democr谩ticas, debemos exigir a los pol铆ticos que act煤en con la madurez suficiente como para asumir que el control total es incompatible con la democracia, y que aquel que en una red social se comporta como un impresentable o un maleducado es porque la ley le permite, mientras no cometa un acto ilegal, ser un impresentable o un maleducado. La definici贸n de lo que es o no delito es algo que proviene de un amplio consenso social expresado a lo largo de muchos a帽os, y no puede ser revisada cada vez que algo nos resulta inc贸modo, ofensivo o molesto. No todo lo que no nos gusta o nos resulta molesto es un delito. Solo es delito lo que un juez decide que lo es, y pretender que todo aquel que recurre al anonimato o al uso de un pseud贸nimo lo hace con el fin de cometer delitos es de una inmadurez tal que, cuando se constata en un pol铆tico, asusta. O deber铆a asustar. El anonimato, como el cifrado, es un derecho fundamental de las personas en la era digital, y una cuesti贸n enormemente compleja, con infinidad de matices que incluyen desde la libertad para ser conocido por el nombre que uno desee, hasta la b煤squeda de protecci贸n contra prejuicios o agresiones de diversos tipos. Cada vez que veamos a un pol铆tico exigir el fin del anonimato como una medida de trazo grueso, como si eso fuese la soluci贸n a todos los males, deber铆amos reaccionar inmediatamente con el adecuado nivel de alarma: se empieza por ah铆, y se termina por el liberticidio.