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OPINIÓN JAVIER CUCHI

Los dineros del software libre


La pasada semana, Cesar Miralles, recién nombrado director general de Red.es, se estrenaba con un estrepitoso resbalón al contraponer «el software libre como alternativa al de pago».




En un principio he estado tentado de ofrecer una prolija explicación sobre un tema ya muy desgastado (pero sobre el que, según parece, conviene seguir insistiendo: el software libre no es necesariamente gratuito) per esto es algo que ya se hace muy bien en muchos otros sitios. Tampoco me apetece hacer sangre de lo que puede no haber sido más que un patinazo, aunque me cuesta eludir la idea de que se trata de una manifestación, consciente o subconsciente, de lo que es algo así como un instinto atávico en ciertos círculos. Y a eso voy.

Llevo ya muchos años de activismo del software libre. Desde que en 1994 descubrí esta filosofía tecnológica hasta que en 2000, cuando el software libre como opción práctica real y practicable ya empezaba a estar maduro, me impliqué en su promoción, he escrito artículos, entradas de blog, he dado algunas charlas, he intervenido en medios, he participado en jornadas, en reuniones, etcétera. Toda esa actividad me llevó en una dirección concreta: precisamente ese aspecto práctico, real, al que acabo de hacer referencia.

Sí, el software libre es, en el ámbito tecnológico, una filosofía, una manera de pensar a la hora de divulgar conocimiento; pero también es algo verdaderamente útil que se proyecta, a su vez, en dos direcciones: el software libre como un posibilidad de desarrollo tecnológico para los países o sociedades o comunidades más pobres (por desgracia, la pobreza empieza a no tener ya una geografía perfectamente delimitada) y el software libre como un modelo de oportunidad comercial perfectamente practicable a ambos lados del mostrador. Es decir, el software libre es un claro factor de eficiencia económica tanto para sus usuarios como para sus desarrolladores. Y cuando hablo de eficiencia económica no me estoy refiriendo exclusivamente al mundo de la empresa privada sino también al entorno de las administraciones públicas.

Personalmente, he dirigido mis mayores esfuerzos a convencer al mundo de la empresa y de las administraciones públicas, y creo, modestamente, haber puesto un útil granito de arena en el éxito de lo primero y lamento no haber podido contribuir a evitar el fiasco en lo segundo. Sí, porque exceptuando la gloriosa pero ya muy manida excepción extremeña, y pese a centenares de prebostes con las bocas llenas de virtudes del software libre, lo cierto es que en el común de las administraciones públicas españolas siguen mandando el talonario, el cuñado y el tresporciento, cualquier cosa excepto los intereses generales, y el software libre ocupa de ellas un lugar poco más que simbólico.

En todo caso, dediqué muchas horas a predicar un lenguaje activista que pudiera ser entendido y aceptado en cámaras de comercio y en organizaciones empresariales. Muchas veces he dicho que, pese al afecto y la admiración que le profeso, la sola idea de ver a Richard Stallman sacando a relucir a San iGNUcio en una jaula de tigres como la CEOE -por poner un ejemplo-, me pone los pelos de punta.

Pero pese a todo, pese a que el activismo del software libre ha logrado desplegar un lenguaje comercial convincente (apoyado, además, por el ejemplo de sonoros éxitos empresariales, como los de Google mismo), hay tics que no logramos erradicar. Uno de ellos es el dichoso sonsonete del open source como [falso, erróneo y quizá falaz] sinónimo de software libre (quizá es que, a algunos, eso de libre les suene a ácrata o algo así, lo que también sería una interesante manifestación de su subconsciente); el otro es el de la dichosa gratuidad, cierta, sí, en algunos modelos de distribución, pero no en términos absolutos y, desde luego, no es la gratuidad lo que caracteriza al software libre. En todo caso, lo de la gratuidad no sería un problema tan grave si no fuera porque detrás del término gratuito se agazapa la idea, también instintiva, de que nadie gana dinero con ello, lo cual es radicalmente falso aunque la gratuidad sea cierta en determinados casos. Pensemos en la televisión en abierto, por ejempo: recibimos contenidos gratuitos, pero quien nos los da, gana dinero con ello, a través de un determinado modelo de negocio. Véanse si no, las cifras de Tele5 o de Antena3. La propia Google, ya citada, una de las empresas más grandes del mundo, cosechadora de unos beneficios asombrosos que, sin embargo, entrega gratuitamente muchas y buenas aplicaciones en red a centenares de millones de usuarios.

Estamos en la segunda década del siglo XXI y aún no han terminado de erradicarse algunas ideas ya caducas del siglo XX, empeñadas en perpetuarse contra natura de una estructura tecnológica (de la que el software libre forma parte importante) que, aunque algunos no se hayan enterado aún, constituye una auténtica revolución.

Una revolución social, industrial y comercial.

Javier Cuchi es miembro de las Ascociaión de Internautas

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