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TODOS CONTRA EL CANON

SGAE, la industria del expolio


La táctica de la SGAE es bien clásica: pedir siempre más y más de modo que quienes se oponen al canon estén siempre a la defensiva, esforzándose por limitar su expansión. Llevar la guerra a territorio del enemigo. Muchos críticos del capitalismo consideran que la riqueza sólo puede acumularse por medio del robo y que, por tanto, los dueños de grandes empresas como Bill Gates no pueden sino ser ladrones, y el sistema que los cobija un mero cómplice. En cierto modo, no les faltan razones, pues ese ha sido el modo en que históricamente se han hecho las grandes fortunas. Los conquistadores repartían las tierras ganadas en la batalla entre los nobles que lo habían ayudado; en otras sociedades más organizadas los impuestos hacían el mismo papel. El modo de hacerse rico era ser el más fuerte o estar cerca de él. La riqueza era prácticamente un juego de suma cero: lo que ganaba uno generalmente se lo quitaba al otro.


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Sin embargo, hace pocos siglos, la burguesía –la clase media– empezó a hacerse rica por un método muy distinto: la manufactura y el comercio. Su modo de hacer fortuna consistía en servir las necesidades de los demás. La economía ya no era un juego de suma cero, no sólo los ricos sino las personas comunes tenían cada vez más bienes, algo que se aceleró con la revolución industrial a un ritmo que jamás se había visto en nuestra historia. No obstante, en la mentalidad de muchos y en la realidad de demasiadas partes del mundo hoy en día, la riqueza sigue siendo un robo.

En nuestras sociedades modernas, aquellas en las que el crecimiento es casi continuo y somos todos cada vez más prósperos, las sociedades de autores han logrado continuar con la vieja tradición de prosperar a base de estar cerca del más fuerte, el Estado. Actualmente nos hacen pagar una multa por cada soporte digital que compremos. Imponen a pequeñas tiendas unos gravámenes no acordados en ninguna ley sino en un trato con los distribuidores que esas tiendas jamás firmaron. Exigen a los organizadores de actos benéficos que les paguen el derecho a tararear sus melodías. Y han conseguido que todo el arco parlamentario les vote una ley que les permita extender legalmente ese impuesto a muchos más soportes. Los fabricantes han lanzado la voz de alarma: si se impone el canon que quiere cobrar la SGAE, los reproductores de MP3 podrían llegar a costar un 200% más de lo que cuestan ahora.

Pero ni aún así sacian su ansia de riquezas inmerecidas, fruto del expolio legal y no del servicio a las necesidades de los demás. La táctica de la SGAE es bien clásica: pedir siempre más y más de modo que los que se oponen al canon estén siempre a la defensiva, procurando que no se expanda aún más. Llevar la guerra a territorio del enemigo. De ahí que, una vez aprobada y publicada en el BOE la ley que les permite cobrar más y en más soportes, se lancen ahora a pedir que en otra ley completamente distinta, la sucesora de la LSSI, obligue a los proveedores de acceso a Internet a pagarles por los derechos de autor de las obras que circulan por sus redes. Es decir, piden encarecernos a todos el acceso a Internet para lucrarse aún más a nuestra costa.

Realmente, no merece la pena discutir una vez más sobre el fondo de este asunto: la presunción de inocencia es un derecho básico de toda democracia y, especialmente, de todo Estado de Derecho. Cobrar una indemnización preventiva por un supuesto delito no probado no es un derecho, es un expolio. Por ello, el camino a seguir no es extender el canon sino abolirlo. La SGAE y sus complementos no tienen derecho a cobrarnos el derecho de pernada. La vieja aristocracia guerrera hace tiempo que dejó de robar tierras por medio de la conquista. Es hora de que los demás sigan su ejemplo.

Editorial de Libertad Digital

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