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CORREO ORDINADRIO

La hora de los lloros


Bueno, supongo que más tarde o más temprano tenía que pasar: desde la SGAE se oyen peticiones de árnica. No debe sorprendernos, si tenemos en cuenta que ya Teddy Bautista hizo un llamamiento hace unos meses para que el resto de entidades de gestión pesetera de derechos de autor echaran una mano y se mojaran el culo para ahorrarle al enemigo público número 1 de la cultura española algo del desgaste que estaba sufriendo.


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Ahora, un tal José Miguel Sánchez Sastrón (que, la verdad, no sé quién es, pero parece que pertenece a esa ignota Junta directiva de la cosa) propugna que la $GAE necesita un borrón y cuenta nueva. Está por ver si este hombre habla en representación del organismo, que no creo, o emite una opinión personal, que es lo más probable y, en este caso, sigue estando por ver si es un portavoz oficioso o si dentro de unos días recibirá un varapalo desde las alturas, quizá un expediente disciplinario como el que le metieron a Luis Cobo, que es una de las respuestas favoritas de don Teddy a las voces disidentes.

Pero, sarcasmos aparte, este momento -si es que ha llegado ya, que está por ver- tenía que llegar tarde o temprano. Mejor dicho: este momento tuvo que haber sido el primero, y quizá así se hubiera evitado una guerra a muerte entre la ciudadanía y el apropiacionismo institucionalizado. Lo he dicho aquí mismo muchas veces: tarde o temprano, la ciudadanía y la $GAE (y compañía) tendrán que sentarse a hablar; y el propio Víctor Domingo lo dijo hace unos días: si la $GAE no existiera, habría que inventarla.

Las declaraciones de Sánchez Sastrón, no obstante, mantienen en el aire algunas dudas. Por ejemplo, cuando habla de que el canon se ha explicado mal. Yo diría que lo que es el canon, está claro para todos en su parte recaudatoria; y lo que no está claro para nadie -salvo para quien maneja los hilos en este asunto- es el canon en su parte distributiva. Lo que se hace con ese dinero es un misterio y las pocas aclaraciones -oficiales u oficiosas- que se conocen no producen sosiego alguno. Sigue diciendo cosas, así en principio interesantes, pero aún nebulosas, como que la copia privada es una excepción que la ley recoge por el imparable avance tecnológico, pero mantiene en el limbo si él aún sostiene, como sus conmilitones, la ficción de que la copia privada sólo alcanza a su ejercicio a la vieja usanza -entre soportes físicos- o se extiende también a las redes de pares; de no ser este último caso, no se entendería esto del avance imparable dicho por alguien que se habría quedado en los tiempos de la cassette, y no será que no ha llovido, con sequías y todo… Insiste en la vieja e inconsistente canción de que el canon no castiga a los ciudadanos sino a la industria, ignorando el desplazamiento de valor que hace que sea el último usuario el que, en todo producto, pague todos los costos que se han ido incorporando a la cadena: el canon lo pagamos todos los ciudadanos (porque, además, un producto por otro, no hay quien se libre), y esto no es de primero de Económicas sino de primero de ESO. Ya pueden ponerse como quieran, de buen o mal rollo, porque esto es así y no tiene vuelta de hoja.

Es usted, señor Sánchez, muy autoindulgente en la atribución de responsabilidades, cuando dice que todos tenemos un porcentaje de culpa en la situación actual. A mí que me perdone, pero la culpa de la situación actual es única y exclusivamente atribuible a la $GAE y a las demás entidades de gestión: los ciudadanos vivíamos tan tranquilos atizándole a Telefónica en la lucha incansable por la tarifa plana -que al final, por cierto, logramos, como es notorio- cuando aparecieron la $GAE y los demás pretendiendo que les pagásemos por nada, imponiéndonos, con la anuencia de gobiernos ajenos al interés de los ciudadanos, un canon indiscriminado y desproporcionado y, por tanto, injusto, contra el que hubo que combatir desde una mínima decencia y desde una mínima conciencia cívica. Por más que aparezca -o parezca- el señor Sánchez con manos tendidas, nuestro eventual síndrome de Estocolmo no llega tan lejos: ellos (por la $GAE y similares hierbas) empezaron la guerra y ellos son, por tanto, los únicos culpables. A menos que quieran repartir culpabilidades con los diversos gobiernos vendidos, en cuyo caso no tenemos nada que objetar. A menos que vayamos al viejo y cínico sofisma de que, en realidad, la guerra no la provoca el que ataca sino el que se defiende. A ver si va a ser eso…

Y seguimos en la nebulosa; parece que cada afirmación digna de un juicio positivo tiene que llevar un canon (ya estamos…) de confusión. Dice: «ha fallado el acuerdo, la sintonía con todo un sector». Ay. Y, en este contexto -o, al menos, el contexto en que lo inserta el medio que me sirve de fuente- reclama «sentarse a hablar para un acuerdo urgente». Pues sí, ya era hora de que alguien lo viera. Es necesario un acuerdo, pero… Alto, alto, alto… ¿Con quién? Porque esto del sector me huele mal. ¿Está pretendiendo este amigable componedor algo así como un acuerdo entre las sociedades de gestión y el sector, es decir, la industria electrónica y las telecos? ¿Esto de sector quiere decir que no toma a los ciudadanos como parte agraviada, que entiende que el problema está, simplemente, entre quienes recaudan la pasta incluyéndola -a la fuerza- como un impuesto en sus productos y quienes se la apropian en última instancia? Porque si es así, vamos mal. Habrá que recordarle al señor Sánchez -haga memoria, caballero- que esta guerra no se inició porque la industria, el sector, se defendió, sino porque lo hicimos los ciudadanos, partiendo de tres o cuatro organizaciones hasta que la resistencia ha llegado al nivel molecular mismo.

Si usted, señor Sánchez, cree que la paz llegará cambiando simplemente el organigrama de las alianzas, está muy equivocado. Está muy equivocado, en primer lugar, porque yerra el diagnóstico: aquí no hay alianzas de ningún tipo; puede haber confluencias de intereses, más o menos ocasionales, más o menos estables, pero nosotros, los ciudadanos, no estamos coaligados con las telecos o con sector industrial ninguno: no se crea su propia propaganda, no sea tonto, señor, si puede. Ustedes pueden concertar todas las alianzas que quieran con quien quieran, pero no cambiarán el signo de la contienda, ni siquiera la morfología. A nosotros, señor Sánchez, no nos ayuda nadie: la industria siempre se ha mantenido en esta cuestión todo lo alejada y no beligerante que ha podido y sólo se ha movido cuando ha visto en peligro el crecimiento de sus cuentas de resultados; pero ha entrado en la contienda cuando ha querido, unilateralmente, y del mismo modo ha dejado de combatir cuando le ha dado la gana. La ciudadanía hemos estado haciendo esta guerra en todo momento de forma independiente. Y si la industria se ha venido a las nuestras, pues bueno; y si la industria se ha ido de las nuestras, pues bueno también. A la industria, en cambio, le conviene no olvidar que sus clientes somos nosotros, los ciudadanos: hace dos o tres días le preguntábamos a Telefónica si le harían mucha gracia cuatro millones de bajas en clientes de ADSL; o, aunque la cosa no llegara a tanto, que se tuviera que envainar sus fastuosos planes de banda megaancha (20 Mbytes o más). No parece, por cierto, que le haya sentado bien que hayamos dado vueltas a la idea y mucho menos aún el que la idea circule masivamente.

Ustedes pueden pactar lo quieran previa negociación con quien quieran, pero eso no cambiará las cosas. La guerra seguirá. Usted -como antes el propio Teddy Bautista- se duele de la animadversión que despierta la asociación (por la $GAE, claro): pues debería tener en cuenta que esa animadversión no se la guarda ni la promueve Telefónica, ni Ono, ni ASMIELEC, esa animadversión se la guardamos los ciudadanos. Así que les conviene -si quieren llegar a algo positivo- no equivocarse con los interlocutores.

Otro día que parezca más claro esto de la negociación -hoy, a mucho estirar, estamos ante un posible globo sonda- le explicaré -u otro lo hará- que no se haga muchas ilusiones con las concesiones (si es que era esto lo que quería decir con lo de partir de cero) le explicaré, como ya he explicado anteriormente, que todos podemos echar fácilmente leña al fuego (y lo hacemos gustosos, no me cuesta nada reconocerlo) pero que ya no queda nadie con autoridad moral como para apagar la hoguera. Si la Asociación de Internautas -o cualquier otra entidad- llegara con ustedes a un acuerdo insatisfactorio para la ciudadanía, nos veríamos tachados de traidores, recibiríamos merecidísimos escupitajos y, en definitiva, todo acuerdo sería puro y simple papel mojado.

Esto es lo que ustedes han conseguido: la guerra la empezamos unos pocos puestos en pie; en aquel momento, un acuerdo -con nosotros, obviamente- hubiera podido detenernos y la guerra hubiera terminado. Hoy no tenemos autoridad: tenemos, a lo sumo representatividad, pero sólo en la medida en que nos la otorgue una entera ciudadanía. Y si transigiéramos con algo que no cuadra a la ciudadanía, sencillamente seríamos puestos en la rue con un puntapié en el trasero.

La ciudadanía, señor, no va a partir de cero, ya se lo anticipo aquí y ahora, por más bonito que quede eso de empezar de cero y de olvidemos el pasado y volvamos al amor. Como también le digo que la ciudadanía va a tolerar muy difícilmente -por no decirle redondamente que no va a tolerar en absoluto- que se negocie con según qué personas que están en la mente de todos. Y este, señor Sánchez, va a ser el problema de ustedes; de nadie más.

Ahora pueden ustedes hacer ver que no me han leído y pueden no darse por enterados. También es verdad que hablo a título estricta y exclusivamente personal, porque ya desde un principio tuve el puntilloso cuidado de desvincular esta bitácora de mi cargo en la Asociación de Internautas. Pero que hable de forma estrictamente personal, que no pueda deducirse de lo que digo declaración ni postura institucional alguna, no quiere decir que hable a humo de pajas.


Hagan lo que quieran. Ja s’ho trobaran, como decimos en Cataluña.


Opinión de Javier Cuchí en el Incordio