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En peligro de irrelevancia digital


Cuando exista el smart-WC cada mañana analizará nuestra salud. Los americanos usarán ese análisis para subir el seguro médico y los chinos para sancionar a la ciudadanía.

No somos ni chinos ni americanos, somos europeos, pero miramos los avances digitales como si no lo fuéramos. El resultado es un eurotecnocinismo que nos condena a la irrelevancia digital. Dentro de la irrelevancia europea, los catalanohablantes seremos insignificantes.
 





Insignificancia dentro de la irrelevancia.

¿Qué nos puede ir mal?

Todo.

Evito explicar que tengo en casa altavoces inteligentes de Google y Amazon porque, a continuación, he de dar prolijas explicaciones para defenderme de la acusación de temerario porque ?te dejas espiar?. Del "¡qué miedo!" al "temerario".

La verdad es que en Europa tenemos un reglamento muy bueno, el GDPR (General Data Protection Regulation. En español, Reglamento General de Protección de Datos), que obliga a los fabricantes de altavoces a ofrecer transparencia y privacidad. Google y Amazon respetan el GDPR; puedo ver todo lo que saben de mí, borrarlo, descargarlo en un formato que me permita exportarlo a otro servicio que ofrezca confianza cuando haya perdido la que tengo en ellos. Quedan bien claras las circunstancias en que utilizarán mi información y queda claro también que es mía.

Ni en China ni en los Estados Unidos tienen GDPR de ninguna clase, pero mi presunto temerarismo se basa en lo que pueden hacer allí, nadie habla de lo que pueden hacer en Europa. Se piensa en el smart-WC americano o chino, nunca en el europeo.

Somos muy exigentes con los altavoces inteligentes y sus micrófonos, sí. Tan exigentes que nuestro pinchauvismo local impedirá que hablen jamás en catalán. Los anglosajones llevan un buen puñado de años utilizándolos, cosa que permite mejorarlos. Nosotros no los queremos. Parece que preferimos acabar en la insignificancia cuando, como ciudadanos europeos, los podríamos usar con más garantías que en los Estados Unidos o en China. Da igual, el tecnocinismo es así.

Perdemos por cuarenta a cero

Pero mientras somos exigentes con los micrófonos de los altavoces, el del móvil nos da igual. No nos importa dejar mensajes de voz en WhatsApp ni explicar nuestra vida en imágenes en Instagram o en Facebook. Cuando digo que me he ido de Facebook y que prefiero otros sistemas de mensajería que no sean WhatsApp, me contestan con la misma consigna que con los altavoces: "temerario. O freak. ?sólo cuatro nerds utilizáis Signal, bah?. Tengo que explicar que no soy un bicho raro porque no me relaciono por Facebook.

¿Por qué mantenemos cuentas en los productos de Zuckerberg & Co., que se ha demostrado por activa y por pasiva que lo usan todo de la peor manera posible? Tanto como para que ganen Trump y el Brexit. Nunca se ha oído tal cosa de Google ni de Amazon por mor de sus altavoces-ay-qué-miedo. Mantenemos Facebook para poder curiosear en la vida de amigos, conocidos, saludados y cuñados. Qué paradoja. Nadie se va de servicios que sabemos con certeza que nos espían porque nos permiten espiar al prójimo.

¿Qué nos puede ir mal?

Todo.

En realidad, tengo respuesta para todos aquellos que me han llamado "temerario" por tener altavoces inteligentes: "¿tienes Facebook?" Con frecuencia me siento como el entrenador de un equipo de fútbol que ha perdido el último partido por 40 a cero: en la próxima concentración hay que empezar diciendo que ?esto redondo es una pelota?.
 
En Europa estamos fuera

En Europa compramos lo peor de la tecnología digital y rechazamos aquello que nos puede llevar a un futuro mejor: la inteligencia artificial. Perpetramos estupideces como, por ejemplo, obligar a avisar sobre las cookies, que ?es como decir que el pan tiene harina? (Gina Tost). El tecnocinismo es así de estúpido. Hemos perdido el tren. Será uno de los males económicos y sociales más profundos de la era digital que lo abarcará todo: sí, absolutamente todo, en tanto que habremos preferido ser irrelevantes diciendo que sí a las cookies.

En las dos primeras revoluciones industriales Europa tuvo bastante peso. La tercera nos pasó de largo. La cuarta estará perdida si no ponemos remedio inmediatamente.

El sentimiento de irrelevancia marcará profundamente a la sociedad en todo el planeta. Ocurrirá incluso en los países que no tienen ciudadanía tecnocínica; también lo sufrirán personas en entornos activos en productos de la Cuarta Revolución Industrial. Imagínense los que, encima, no hemos hecho nada y lo miramos desde el cinismo, esto es, sin creer en la bondad de la Revolución Digital y expulsándonosla de nuestra vida y de nuestra economía.

Los Estados Unidos fueron líderes de la 3ª Revolución Industrial y han sido los primeros en crear inteligencia artificial, que es el inicio de la 4ª Revolución Industrial, que se basa en la capacidad para tratar digitalmente datos no estructurados, que son el 90% de los datos; los que no se pueden colocar en columnas y filas. Pueden tratar imágenes, sonidos, aromas y tacto. Los ordenadores de la 3ª Revolución Industrial no tienen oído ni vista ni tacto ni olfato. El cambio es inmenso.

Los chinos se dieron cuenta de la importancia de todo esto cuando Google les tocó la fibra logrando que un robot les ganase jugando al Go, una cosa muy importante para ellos. Josep Maria Ganyet lo explica en La Vanguardia. Lo hacen a lo bruto, porque la ciudadanía no tiene ningún derecho a la privacidad; son una dictadura inhumana. Gracias (es un eufemismo usar aquí la palabra gracias) a la falta de libertades fundamentales, adelantarán por mucho a los Estados Unidos en pocos años -si no es que lo han conseguido ya ahora mismo, es irrelevante cuándo se lea esto-.

Poder tratar el 90% de los datos que nunca hemos tratado supone muchas cosas profundamente disruptivas: el mundo será otra cosa. De momento, el nuevo mundo se articula a la manera americana o china, porque nadie más hace nada relevante en materia de inteligencia artificial. Mientras nos asustamos por cómo lo hacen ellos, nosotros no hacemos nada. Vaya, no es cierto; hacemos alguna cosa: aceptamos tener Facebook, Instagram y WhatsApp para hacer con el prójimo, como humanos, lo que no queremos que hagan ellos con robots.

No podríamos empezar peor, pero lo hemos hecho. Y con orgullo, porque nosotros sí tenemos avisos de cookies ¡ja! Todo lo que nos vaya mal nos lo habremos ganado con creces.

Nuestro tecnocinismo nos aboca a la ruina.

¿Soluciones? No dejo de darle vueltas. Explicarlo en este blog es un paso.

Sólo sé una cosa con seguridad: la transformación digital es cosa de cada uno de nosotros; no la hacen ni las empresas ni los gobiernos. Si no podemos conseguir que se use la inteligencia artificial (con beneficios evidentes si está bien gestionada) como se usa WhatsApp (vigilancia máxima a cambio de ahorro en SMS) estamos perdidos.

Exigir que la inteligencia artificial esté bien gestionada está en las antípodas del tecnocinismo.

Nuestra irrelevancia está en vuestras manos.

Benjami Villoslada - En risc d'irrellevància digital
Traducido del catalán por Javier Cuchí

 

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