La nuevA-NORMALIDAD


Nacho Caballero

De pronto, ves algo que no habías visto en mucho tiempo. El camarero que se acerca a tu mesa para limpiarla no lleva palillo en la boca… o no se lo ves por la mascarilla reglamentaria. Un escalofrío te recorre el cuerpo cuando aprecias que la bayeta que trae parece nueva. Puedes ver, por primera vez en tu vida, el color que tiene: amarillo pollo Pepe.

Recuerdas en tu memoria reptiliana aquella bayeta de forma y color indeterminados que parecía tener vida propia.





Ahora todo ha cambiado.

Lo que termina de romperte los esquemas es lo que lleva en su mano derecha ese operario de la hostelería descapotable: un flus, flus de Sanitol…. No te lo puedes creer. Limpiar la mesa con una bayeta limpia y hacerlo sin diseminar los gérmenes de los comensales anteriores por tu mesa: que era un poco "dar cera, pulir cera" pero en plan cerdo. Esto hay que tuitearlo.

Los tiempos han cambiado… bienvenidos a la nueva-normalidad.

Bares… qué lugares

Se rompe la baraja. Me refiero a que ya no hay cartas en los bares. Nos han cambiado el enorme placer de sostener entre nuestras manos un papel plastificado y sobado por miles de personas… por un código QR.

Hay gente que piensa que es el código de barras de la mesa -de Ikea- y que todavía no se lo han quitado. Los hay que, por pura timidez, solo piden bebida porque no saben qué es ese código ni cómo leerlo. Otros se piensan que la hostelería ha decidido gamificar la experiencia y dan por hecho que se trata de un laberinto del que hay que salir trazando el caminito con un boli bic; traído de casa, no seas temerario

Esa nueva carta digital nos permite volver a leer todos los platos del bar de turno. Aquellos que el deterioro natural de los objetos había borrado de la carta tradicional.

Es cuando descubres cuánto se han gastado en adaptar su carta al formato digital. Si han tirado de profesionales que se lo hayan hecho responsive para móviles de menos de 200€… o han acudido al mercadillo de Fiverr o Freelancers para ahorrarse unos eurillos.
Las terrazas de los bares… convertidas en un casillero de inmunidad en el que la mascarilla se puede quitar porque estás comiendo, bebiendo y riendo. Todo ello bajito, suave y con moderación, como dicen las autoridades sanitarias.

Solo para tus ojos

Esta nueva-normalidad ha provocado que haya una ligera descompensación en nuestro rostro. Es como cuando en la oficina hay alguien que se escaquea y por el que los demás tienen que asumir mucha más carga de trabajo. Me refiero a nuestra expresión facial cuando vamos por la calle.

Los pringados en este caso son nuestros ojos y su conjugación que es la mirada. La escaqueada son los labios y dientes… cuya constelación es la sonrisa. Quién pillara ahora unas Google Glass… ¿tú tampoco te acuerdas qué fue de ellas?

Ahora, como pringados de oficina, le toca a nuestros ojos y mirada apechugar con un exceso de información que tenemos que dar a nuestro interlocutor. Vivimos tiempos en los que cuando hablamos con alguien y nos reímos, los seguimos haciendo por lo bajini de la mascarilla pero no siempre llegamos a conectar esa sonrisa con el otro. Hemos descubierto que hay gente con una cara de dos piezas, en la que la mirada y la sonrisa no están conectadas…. igual algunos miembros de cualquiera de los gobiernos que velan por nosotros.

Si esto sigue así, la boca se irá convirtiendo en un objeto de deseo cada vez mayor. Hay gente que cuando la ves con la mascarilla tiene un cierto atractivo, pero que cuando se sienta en una terraza y se la quita… es como cuando ves la pantalla de un móvil que parece un Iphone, pero resulta que es un Launcher y en realidad es un Motorola comprado en Wallapop. Pierde. .

Me imagino a las páginas webs que han promovido en estas semanas de confinamiento la "autogestión de las hormonas", publicando videos en los que se puedan ver bocas bonitas, sonrisas agradables y caras completas que nos devuelvan la sinfonía que supone mirarnos frente a frente de forma plena.

Ni el 8K supera a la realidad.

Nos quedan las asesinas. Esas miradas que, aliadas con las cejas que cada uno gaste, suponen un arma letal que reservamos a ese vecino o vecina que va sin mascarilla por la calle. El John Wayne balconazi de turno ha mutado ahora en justiciero que "apatrulla la ciudad", buscando irresponsables con la cara descubierta que se agarran como un clavo ardiendo a la excepción de "mantener la distancia social".

Si vas con niños que no tengan que llevar mascarilla, serás escaneado de arriba a abajo tú y tus vástagos. El mensaje que percibirás te hará pensar que, comparada con esas miradas antikids, Herodes era un tío majo.  

Gente que entrecierra mucho los ojos como si estuviera hablando con Garci y cegados por el humo. Bienhechores de saldo que incluso te pueden soltar algo cuando pasan por tu lado… eso sí… en tercera persona y como si no viniera a cuento. "Alguien ha matado a alguien… " que decía Gila del enemigo.

Zona de Guerra… la Playa

Uno de los grandes dramas de nuestro tiempo será, a partir de esta nueva normalidad, el hecho de que no podamos privatizar un trozo de playa a nuestro antojo. Habrá que pedir cita con el móvil y con tiempo limitado.

Se acabó esa recalificación a hurtadillas y al amanecer que, muchas personas con sueño ligero, realizaban al tiempo que los últimos cierra-bares bajaban la persiana… también de sus ojos.

La anarquía será abolida de los arenales mientras la autoestima de muchos españoles, que se sentían poderosos por estar en la pole position de la orilla, se verá mermada y condenará sus vidas a un anonimato perpetuo.
Todos podemos llegar a sentir empatía por esas personas que ya no podrán campar a sus estrechas en la playa. Porque habrá que hacerlo de forma ancha y rigurosa. Teniendo que respetar, a quién se le habrá ocurrido, el espacio entre personas en esa arena que encroqueta sin piedad a quien la pisa.

El garante de todo esto podría ser la tecnología de los drones, pero nos arriesgamos a que sea peor el remedio de la enfermedad: todo el mundo mirando hacia arriba por si tiran balones de Nivea. Mejor no. También podemos poner puertas a la playa y que sea como un torno de los que hay en el Metro de Madrid o en las oficinas de empresa. Si tienes que fichar para entrar en la playa, te va a costar desconectar del trabajo. Seguro.

Mejor se lo endosamos al socorrista de turno; ese profesional que, además de velar por la supervivencia de bañistas de toda condición, tendrá la misión de contabilizar el aforo de la playa.

Suponemos que tendrá que hacerlo "a ojo" porque solo tiene dos y uno de ellos tendrá que estar pendiente de la seguridad colectiva.

¿Qué puede salir mal?

Tecnoalianza

Surgirán nuevas profesiones gracias al confinamiento y la tecnología que, omnipresente hasta la saciedad durante nuestro encierro colectivo, será su gran aliada.

Vivimos tiempos en los que hemos descubierto que podemos hacer muchas cosas por nosotros mismos con una conexión a internet y un Smartphone. El mundo se ha puesto en nuestras manos más que nunca y por razones de fuerza mayor.

Hablando de manos: lavadas, mascarilla y distancia.

Feliz verano
Nacho Caballero
Escritor y Storyteller.
www.nachocaballero.com


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