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El mercado y la creatividad


Tengo en mis manos un par de recortes de prensa. Uno corresponde a «El País», en su edición del pasado 20 de agosto, y contiene un artículo de Fernando Trueba titulado ¡Viva la excepción cultural!. El otro corresponde a uno de los dos -creo que son dos- periódicos gratuitos que se distribuyen en Barcelona y lamento no poder precisar cuál ni su fecha (primeros días de septiembre) porque me lo dieron recortado tal cual; su autor es José Cervera y su título El prestigio en Internet.





Me ha llamado la atención el segundo porque, pese a su sencillez formal y conceptual -obviamente adecuada al público de estos periódicos, que llega hasta donde llega- sostiene unas ideas que pocas veces se ponen enfrente de individuos como Teddy Bautista y que son verdades como puños; resumiendo (en mis propias palabras, porque yo también he sostenido esta idea muy frecuentemente), por más que digan los manipuladores de mercados, ninguna piratería, ningún cambio en la distribución musical, cinematográfica o literaria, ni siquiera el más radical, pondrá fin a la música, ni a la literatura, ni, en fin, al cine. Y todo ello por la sencilla razón de que todas esas artes constituyen formas de expresión y la necesidad humana de expresarse no tiene que ver con la comercialización artística ni necesita de ella. Primero fue el arte y después su mercachifleo, no lo olvidemos para no tragar la rueda de molino con que, sensu contrario, nos quieren hacer comulgar con el conocimiento en general. ¿Una prueba? Internet mismo y, en ella, una ingente cantidad de contenidos gratuitos y de calidad, bien elaborados, fruto de montones de millones de horas de excelente trabajo. Incontestable.

Entresaco algunos párrafos para dar a José Cervera un merecido protagonismo:

Los artistas quieren comunicar y para ello necesitan un receptor: alguien que escuche su música, lea sus libros, vea sus cuadros o sus películas. Escribir (componer, pintar, filmar) para el cajón es masturbación, un acto fallido. El arte no existe sin alguien que lo admire y disfrute. La comunicación es imposible si el círculo no se cierra.

Es por eso que Homero no escribía para vender sus versos, ni los autores grecorromanos estaban preocupados por los derechos de copia de sus obras. Los juglares medievales no componían para entrar en la lista de best sellers. Los músicos del barroco utilizaban sin prejuicios músicas ajenas para componer las propias sin imaginar siquiera que una melodía pudiese ser propiedad de alguien.

Y termina su sencillo y diáfano artículo:

En esta nueva economía uno es tanto más rico cuanto más regala. Como en las antiguas tribus de la costa oeste de Canadá, el prestigio y el poder se ganan regalando. Uno es tanto más rico cuanto más esparce su obra por el mundo y más la libera. Por eso el futuro es de las licencias copyleft. Por eso la cultura del mañana es libre, y gratuita.

Por contra, el artículo de Fernando Trueba no es más que un rifirrafe entre mercaderes. Simplemente arrima el ascua a su sardina en la polémica entre protección de la cultura local sí o protección de la cultura local no, y arremete -lo que no me produce especial angustia- contra Mario Vargas Llosa, apóstol del ultraliberalismo; de buena se libraron los peruanos cuando le dieron puerta, aunque fuerza es reconocer que tampoco lo que ha venido en vez de don Mario es muy edificante.

En resumen, se trata de una pugna entre dos modelos de mercado cultural, con lo cual estamos en algo tan anticuado y superado en un futuro bien próximo como las guerras carlistas. ¿Conceptos de fondo en el artículo de Trueba? Pocos: en realidad el artículo sólo tiene algún valor (en su caso) en la querella global entre liberales y socialdemócratas.

La llamada excepción cultural es aquella que permite excluir la producción artística y literaria de la libertad arancelaria (una interesante y curiosa libertad forzosa) en el comercio global y, mucho más concretamente, el de la Unión Europea. O, para que nos entendamos, la que permite que se puedan subvencionar a saco las cosas esas que hacen Trueba y otros petardos mientras que se prohíbe -bajo pena de fuertes multas- subvencionar a la Seat, no vaya a ser que se distorsione artificialmente el mercado y el Ibiza le pise terreno ilegítimamente al Porsche 911.

Aunque no pretendo aquí entrar en esa polémica apolillada, a uno, que tiene poco de socialdemócrata, le produce sarpullidos eso del liberalismo. Creo en la intervención del Estado -no a saco y porque sí- porque hay que corregir las deficiencias del mercado (que las tiene, y muchas) y hay que impedir a toda costa (y a toda costa es a toda costa) que prolifere la exclusión; debe haber unos mínimos a los que debe poder llegar todo el mundo y a esos mínimos debe llegarse por la imposición legal y los presupuestos generales si el mercado no es capaz de asegurarlos y sabemos que no sólo no es capaz sino que tiene poco interés en serlo. Por tanto, considero -ahí coincido con Trueba- que la excepción cultural debe existir, pero subordinada a otras excepciones de mayor prioridad. Citémosle para que no me llore:

El gran fallo de este argumento [el liberalismo comercial llevado en materia cultural hasta sus últimas consecuencias] es que significaría un “despotismo ilustrado versión siglo veintiuno”, pues pondría, según Vargas Llosa, las decisiones sobre cultura en manos de burócratas, parlamentos y comisiones. Objeción a su vez profundamente antidemocrática, pues equivaldría a poner en cuestión la democracia misma, ya que son comisiones, burócratas, partidos y parlamentos los encargados de ponerla (la democracia) en práctica. ¿Debemos por ello rechazar el sistema democrático?

A mi modo de ver, los problemas son dos: el primero, el puesto que debe tener la cultura -y en ella el último el cine, en mi opinión- en la lista de prioridades presupuestarias; el segundo, la filosofía de la subvención.

Sobre este último punto diré que, a mi modo de ver, la subvención en materia cultural no es algo intrínsecamente perverso pero sí generalmente perverso. Una cosa es que el dinero público dé un empujoncito a algo que no saldría adelante sin esa ayuda, lo que resultaría intolerable por cuanto la cultura es un patrimonio importante de la colectividad; con ello y por ello, de paso, podemos evitar que la cultura -y su desarrollo y orientación- quede exclusivamente en manos de los pencos que se pasan el día mirando el IBEX. Y otra cosa bien distinta es que todo un sector -y estoy refiriéndome sobre todo al cinematográfico y de ahí lo fariseo del artículo de Trueba- viva de la subvención so pretexto de que la producción americana se lo come, cuando lo que ocurre, en realidad, es que la práctica totalidad de la producción española (hay excepciones tan notables y loables como escasas) es absolutamente infumable.

De ahí a que el sector cinematográfico forme un lobby con importantes conexiones políticas, hay un paso que ya hace años que se ha dado y que está fuertemente arraigado en el partido actualmente en el poder, con lo que resulta que cuando gobiernan las derechas, la cinematografía española pasa estrecheces sin cuento porque el partido gobernante no va a subvencionar a sus adversarios; y cuando gobierna la izquierda, el lobby saca el vientre de penas bastante descaradamente y entonces los liberales se ponen como motos.

Poca democracia hay en todo eso, señor Trueba, por más que asocie usted democracia con parlamentos y partidos que tienen que negociar arcos muy amplios de factores e intereses políticos y lo que priva -lo hemos visto y lo estamos viendo más que claramente- no es el interés ciudadano sino el arreglo mínimamente necesario para mantener la cuota de poder.

Precisamente porque lo que aquí se ventila son cuotas de poder y no democracia nos luce el pelo como nos luce en materia cultural, científica y tecnológica, entre entidades de gestión de extrañas propiedades intelectuales, lobbys de vividores y otras hierbas que los pendejos electrónicos vamos poquito a poco, en la medida de nuestras posibilidades, tratando de segar.

Me quedo con el mensaje de José Cervera: la cultura del mañana es libre y gratuita.



Javier Cuchí es miembro de la Asociación de Internautas

NOTA DE LA ASOCIACIÓN.-

Nosotros vemos $$$$ donde pone SGAE, porque utilizamos IGNORER

PARTICIPA EN LA CAMPAÑA CONTRA EL CANON DE LOS CDs y DVDs



...Es como un cuento perverso en el que los poetas atracan a su pueblo, los cantantes llaman piratas o pendejos electrónicos a los ciudadanos honestos, los músicos cambian sus instrumentos por calculadoras y a los autores les inspira la letra de las leyes y de los reglamentos para aplicar tasas. Una verdadera pesadilla, para salir de la cual basta con abrir los ojos y no dejarse engañar.


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