Servicios... ¿fiables?


Las siete de la tarde; estoy tranquilamente en casa mamarracheando notas en el ordenador (luego no hay manera de recordar dónde y de quién has leído lo que has leído) y suena el timbre.




Abro la puerta de abajo sin preguntar, creyendo que es mi mujer, cuya llegada espero de un momento a otro y, vaya, hombre, dos estúpidas que intentan darme el timo del slamming pretendiendo que les enseñe el recibo del teléfono. Las envío a la mierda y las conmino a que se vayan a la calle; pasan de mí. Otras lo intentaron otro día y fueron a la calle, ya lo creo que fueron a la calle, pero en aquella ocasión tenía testigos entre mis vecinos (algo muy conveniente si luego acaba la cosa en comisaría) y hoy estaba esto solitario, así que han echado escaleras arriba. Hasta aquí, nada del otro jueves, desgraciadamente. Supongo que al final se habrán largado porque en esta época del año, entre jubilados, gente de vacaciones y gente que trabaja a jornada partida todo el año (sí, sí, aún los hay) y aún no ha llegado a casa, apenas queda nadie en la escalera tal día a tal hora.

Lo peor es que llamo a la policía para que eche a esas dos timadoras. Primero a la Guardia Urbana, que en Barcelona era lo único [remotamente] parecido a una policía de proximidad que teníamos y a la que podíamos llamar tranquilamente para casos poco más -pero no mucho más- que domésticos. Me dicen que nanay, que al 091. Bueno, llamo al 091: «Habla usted con la central de policía; en breves momentos atenderemos su llamada». Ay. Esto ya parece Ya.Com... ¿a que han subcontratado la atención telefónica? Seguro. La poca Policía Nacional que nos queda debe estar patrullando las Ramblas para que al «Sunday Times» no le dé por explicar -y sin mentir- que Barcelona es una mezcla de casino de mercadillo de saldos y de patio de Monipodio, donde el timo al guiri es el deporte local, desde la ilegalidad real (trileros) hasta la legalidad aparente (un sector nada pequeño de la hostelería). Y los Mossos d'Esquadra deben estar ocupadísimos recaudando en los controles de alcoholemia, que es su actividad preferida cuando hacen falta en cualquier otra parte (en Berga, por ejemplo...).

Supongo que, efectivamente, las tiparracas se habrán largado porque no hay constancia ni rastro de que hayan pasado la noche en la escalera; quizá antes de irse le habrán dado un palo a algún vecino incauto (y sordo, porque mira que lo he avisado); por otro lado, la poli no sabe, no contesta, parecen un proveedor de Internet. En fin, cada palo que aguante su vela y que la víctima de una preasignación fraudulenta ofrezca su sacrificio en holocausto a la mayor gloria de Clos, de Tura y del delegado del Gobierno que no sé -ni quiero saber- cómo se llama.

Y que no nos pase nada el día que sea una urgencia de aquellas de vida o muerte...

Javier Cuchí en El Incordio

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