Stop censura


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El terror a la democracia


Viven en un temor creciente que, a cada día que pasa, les acerca más al pánico. La red ha sobrepasado, y en mucho, sus esquemas; el fenómeno está fuera de control y en los laboratorios de los partidos no se acaba de dar con una solución al problema. Claro que en los laboratorios de los partidos no están, ni con mucho, los mejores sabios ni tienen las mejores instalaciones. ¿Para qué?




Todo aquello que resultaba molesto podía ser reconducido, absorbido, comprado o, simplemente, eliminado; para eso se dispone de unos medios de comunicación (¿o son los grupos mediáticos, los que disponen de los partidos?) que mediante un uso perfectamente planificado del halago o del ataque furibundo, de la calumnia o del silencio exterminador (aquello de lo que no se habla, no existe), ponían inmediatamente bajo control todas aquellas situaciones o circunstancias, actos o hechos, que, de alguna manera, no hubieran surgido de los designios de las maquinarias: nada se mueve sin que nosotros queramos; nada se mueve, en el peor de los casos, sin que nosotros lo permitamos.

Y, de pronto... No, no de pronto: les parece a ellos que, de pronto... Súbitamente caen en la cuenta de que algunas cosas se les están empezando a ir de las manos. La situación, al presente, no es grave, pero el movimiento uniformemente acelerado que está llevando esto hace prever que un plazo muy corto, espantosamente corto, pueden llegar a perder el control omnímodo de la información que se suministra a la sociedad. Y se miran unos a otros estupefactos: ¿cómo se ha podido llegar a esto sin que nos diéramos cuenta?.Los medios de comunicación, puestos en cuestión...; los principales exégetas del stablishment tratados como cretinos (lo que, en el fondo, son muchos de ellos)...; principios sagradísimos (nosotros los elevamos a los altares) tomados a chacota... Se nos priva de credibilidad, se nos trata de sinvergüenzas cada vez más descaradamente... hemos perdido el respeto (¿lo hemos tenido alguna vez?) del ciudadano y, lo más importante, estamos perdiendo la sumisión silenciosa y resignada a nuestras consignas y órdenes.

Y todo por unos... pendejos electrónicos.

Cuanto más pienso en aquella frase de Teddy Bautista, que él emitió como un vómito de frustración (los pendejos electrónicos que están construyendo la nueva democracia digital), más me doy cuenta de la genialidad sobrevenida (no de origen) que encierra. No me extraña que muchos de nosotros, más allá de la pretensión injuriosa por parte de don Teddy, asumiéramos y adoptáramos con júbilo el calificativo porque, de alguna manera recogía una aspiración colectiva, generalizada, nunca tan bien expresada: la nueva democracia digital. Una primera aspiración; la segunda, obviamente, es que esta nueva democracia trascienda de lo digital a lo presencial (al menos en la medida -cada vez más difusa- en que se diferencien).

Mientras tanto, intentan controlar la red. Hay que cortar con esta broma de que los ciudadanos se comuniquen entre ellos, privada o abiertamente, sin que nosotros nos enteremos. Hay que interceptar las comunicaciones entre particulares y hay que censurar esa impertinencia generalizada e irrespetuosa que llaman blogosfera; hay que impedir que circulen noticias que nosotros no queremos que circulen; hay que impedir que se cree opinión que no creemos nosotros.

El problema es que hay un montón de constituciones y de tratados internacionales la mar de incordiantes a la hora de establecer este control: leyes que hablan de libertad de expresión, de secreto de las comunicaciones... Por eso había que buscar un buen pretexto, algo tan gordo que la ciudadanía, muerta de miedo, pasara gustosa por la pérdida de libertades esenciales con tal de sentirse protegida. Y he aquí que una caterva de subnormales con turbante, creyéndose intérpretes y ejecutantes de la voluntad de no sé qué dios, comete una serie de atrocidades (verdaderamente terroríficas) que va a permitir lo que -según siempre se ha dicho- no se le debe permitir jamás al terrorismo: que cambie nuestro modo de vida, nuestro estilo de vida, nuestra cotidianidad. ¡Hombre, qué oportuno! Por un lado, se aprovecha para ir a birlarle el petróleo al malo de la película; por el otro, vamos a poner orden (y, sobre todo, silencio) al contubernio este de la Internet. Y empieza el ataque.

En primer lugar, recaudación masiva de datos: hay que saberlo todo de todos y luego actuar en consecuencia, aunque uno nunca sabe si la actuación consecuente parece obra del mismísimo sargento Arensivia. Para tal acopio de datos, y so pretexto de proteger el sacrosanto pellejo ciudadano -que tan poca importancia tiene, en cambio, en otras circunstancias, como inundaciones y tal- vamos a hacer lo que nos dé la gana con sus líneas privadas de comunicación: nos vamos a saltar su secreto, nos vamos a saltar su intimidad, nos vamos a saltar su derecho a la tutela judicial efectiva, y lo vamos a hacer, además, por la cara, como en esos tiempos de Franco que tanto añoramos; nada de jueces ni de cosas de esas democráticas y progresistas: se manda al subinspector Bestiájez a recabar los datos de las empresas -que, previamente, han sido obligadas a conservarlos- y al que se oponga con derechos constitucionales y demás cosas de rojos, patadón en los cohone y tentetieso. Asusta ver lo inacabable de la lista de motivos por los cuales la Asociación de Internautas ha tenido que impugnar ante el Tribunal Supremo todo el Capítulo II del título V del Reglamento sobre las condiciones para la prestación de servicios de comunicaciones electrónicas, el servicio universal y la protección de los usuarios (¡vaya rostro!), que regula la interceptación legal de las comunicaciones. Hasta en la proyección europea del asunto, desde la oficina de supervisión de la Protección de Datos europea ha tenido que dar un trompetazo diciendo que la regulación de la conservación de datos del establecimiento de comunicaciones propuesta por Bruselas a compulsión de Blair, vulnera derechos fundamentales del ciudadano de la Unión.

En segundo lugar, control de contenidos, eso es tan esencial como lo anterior. Esta vez, el pretexto es más burdo -aún más burdo- y saca a relucir los cocos de siempre: nazis y pederastas. La Comisionada de Sociedad de la Información de la UE, una tal Viviane Reding, dice que no quiere controlar Internet, pero se pregunta ante la prensa: «¿Quién en este salón está en favor de la pornografía infantil en los nuevos medios (de comunicación)? ¿Quién está en favor de la libertad de difundir la incitación al odio racial en los nuevos medios?". No, no, por Dios, hay que proteger a los niños y a los moritos, aunque luego nuestras empresas destrocen a los niños de los países subdesarrollados reventándolos en jornadas de catorce horas de trabajo, o nuestros cazabombarderos se cepillen a los moritos de diez mil en diez mil.

Ni niños, ni moritos, ni seguridad, ni valores occidentales. Lo que hay es la posibilidad de que ellos pierdan el control o, siquiera, de que haya un cambio en el panorama que les obligue a reciclarse y a ceder poder. Ellos crearon una democracia de papel para tenernos entretenidos con tonterías pero, como en el cuento, esta democracia se les ha vuelto de carne y hueso ante sus narices. Ahora resulta que tanta democracia, nos hace vulnerables y nos pone en peligro.

En alguna parte, en algún limbo real, religioso o virtual, Bin Laden y Adolfo Hitler deben estar, juntitos, meándose de risa.

De la serie: «En profundidad» Javier Cuchí en El Incordio


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