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Una guerra perdida


En el otoño de 2004 fue noticia en estas mismas páginas: la SGAE, esto es, la sociedad que básicamente gestiona el cobro de los derechos de autor en España, tenía empantanados los juzgados de Sevilla y de medio país con cientos de demandas contra bares, restaurantes y discotecas por la difusión de piezas musicales sin el pago de las cantidades establecidas.




Rafael Padilla / Diario de Sevilla . Ya entonces, junto a lo que ha de aceptarse como la actuación legítima en defensa de los intereses de sus asociados, aparecían los primeros síntomas de un celo que se acercaba peligrosamente a lo ridículo: los locales en los que se celebran actos familiares, las boleras o los gimnasios empezaban a ser objetivo de su inefable acción inspectora, con la finalidad, claro, de que, de su repertorio, no sonara gratis ni una puñetera nota.


La situación, al día de hoy, no sólo no ha mejorado, sino que puede calificarse de esperpéntica. Que presuntos detectives se cuelen a las tantas de la madrugada en un convite de boda y graben allí, sin el consentimiento de los contrayentes, vídeos delatores de cómo y a qué ritmos se divierten los asistentes revela, creo, una obsesión enfermiza, un sentido exacerbado, irrespetuoso incluso, de la propiedad. Otros intentos anteriores –el control milimétrico de las marchas procesionales, de lo que se escucha en las casetas de feria o en los prolegómenos de un partido de fútbol– son ejemplos que abundan en esa extraña voracidad sobrevenida, hija principalmente, me parece, de la conciencia apremiante de lo que llega.

Miren, acostumbro a enseñarlo en mis clases, los derechos que como consecuencia del progreso en el conocimiento ya no pueden ser protegidos dejan de ser derechos.

Por supuesto que estoy a favor de combatir implacablemente el top manta, el mercado paralelo de copias piratas que tanto daño está haciendo a la industria audiovisual. No, quizá, con la intimidación desproporcionada del consumidor que algunos pretenden, aunque sí con todos los recursos que la ley y la sensatez aconsejen. Pero, más allá de esto, en el mundo vertiginoso de internet, del préstamo entre particulares, del acceso cada vez más instantáneo, fiel y fácil a la obra ajena, y en el marco de costumbres que comienzan a convertirse en socialmente generalizadas, la cosa no resulta tan obvia ni, lo que es peor, tan posible.

Tampoco, acaso, tan justa. Fue la técnica la que, en su avance, facilitó –en realidad creó– los llamados derechos de reproducción, distribución y comunicación pública que ahora corresponden a los autores artísticos. Hasta ese momento, éstos debían conformarse –así lo hicieron Homero o Mozart– con unas posibilidades de explotación muy limitadas. Exactamente del mismo modo, está siendo también la técnica la que, cerrando inexorablemente el paréntesis, va definiendo nuevas condiciones, un escenario distinto en el que no cabe prolongar, por absurdo y por inútil, resistencias anacrónicas. Ella los otorgó y ella los acabará quitando. Un fenómeno, por otra parte, de sobra conocido, que arrinconó habilidades y perspectivas en otros muchos campos de la actividad humana y que no tolerará, desde luego, excepción en ninguno.

Se trata –desengáñense– de una guerra perdida, de uno de esos procesos terminales en los que, para salir con bien, hará falta más talento e imaginación que rigor o extravagancia.

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