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Barcelona: acción copyactivista


La campaña que se está llevando a cabo en toda España, Compartir es bueno, ha llegado a Barcelona en este último domingo de otoño de la mano de la gente de Kernel Panic, que eligió el mercadillo del trueque que se celebra cada domingo previo al cambio de estación en la Plaça de la Virreina, en el barrio de Gràcia, que puede ufanarse de contener la mayor dinámica cultural, cuantitaviva y cualitativa, de toda la ciudad.




El día ha resultado gris y frío. Bueno, sin duda los sorianos lo habrían considerado primaveral, pero en una ciudad caracterizada por su escaso rigor climático -salvo por la atmósfera de lavandería que comporta el verano-, ocho graditos a las doce del mediodía representan una buena rasca para nuestros blandengues ciudadanos barceloneses. Sin embargo, el ambiente estaba muy animado y había un gentío más que regular en una gran exposición de artilugios variadísimos de procedencia doméstica disponibles en régimen de trueque, intercambio o cambalache. Sólo una prohibición: el uso del dinero. Se trata de un acto de intención sobre todo simbólica -aunque sin desdeñar sus indiscutibles efectos prácticos- para plantear una alternativa al consumo irracional que se hace más evidente en estas fiestas.

Recuerdo un chiste gráfico -creo que era en el fenecido «El Papus»- en el que se veía a Jesucristo contemplando el Vaticano desde una nube mientras barruntaba: «¡Y pensar que todo esto lo empecé yo con un burrito..!». Una imagen válida para estas fiestas presuntamente navideñas y válida también para ilustrar el espíritu que impulsa a los organizadores del mercadillo.

Un escenario muy adecuado para promover el intercambio cultural, para ejercer el derecho -constitucional, ojo- que tenemos todos de acceder a la cultura (y la Constitución no habla nada de pagar: otorga el derecho sin más). Por tanto, los muchachos de Kernel Panic montaron ahí su parada, una parada sencilla, con tres o cuatro ordenadores y un servidor, armados con Linux y escritorios KDE y con sendas tostadoras (comunes y domésticas, nada de torres) para quien quisiera hacerse una copia privada de la música que le pareciera.

En unos pequeños altavoces (jo, qué susto) se oía a Teddy bramarle a alguien, en inglés, que se pusiera de rodillas; menos mal que, como fondo a la cosa, se oían unas voces que insistían incesantemente en que «compartir es bueno» y recomendaban a su vez «Teddy, ponte de rodillas».

Me pongo a fotografiar y se me acerca un joven: «por favor -me dice- que no salgan caras»; le digo que si es por la cosa de la intimidad no tengo inconveniente, pero que lo que se está haciendo en el stand no es nada delictivo, ni siquiera ilegal. «Ya lo sé -me contesta- o, al menos, no debiera serlo». Hay miedo. Incluso los que no se arrugan sienten miedo. El régimen del terror impuesto por el apropiacionismo y bendecido por los partidos políticos va calando en los espíritus. Ahora la ley actúa... para desposeerte de tus derechos, para convertirte en un epsilon sólo apto para consumir hasta que, agotada tu capacidad adquisitiva, pases a ser, únicamente, un artículo de consumo. Y no de lujo, precisamente. Y a esto le llaman democracia.

He dado una vuelta también por todo el mercadillo y he podido comprobar que los objetos más ofertados en trueque son bienes culturales: música -en copia original o privada-, cine -menos, y casi siempre original- y libros, muchos libros (y no todos, ni mucho menos, títulos de segunda fila). Acepto un té de unos chicos que están cocinando una especie de olla solidaria cuyos ingredientes son verduras y hortalizas que han sido donados por diversos establecimientos, al objeto de servir un plato de comida caliente a los sin techo que se acerquen (y a los que no se acerquen, si son detectados) y vuelvo al Compartir es bueno. Cambio unas palabras con algunos chavales. Siempre me hace gracia, cuando estoy en una de estas, preguntarme que hace un padre de familia cincuentón y funcionario como yo en un sitio como ese; y siempre me hace gracia responderme que lo que hago es estar en mi sitio, es estar allí donde aún funciona el pensamiento crítico, allí donde se tiene muy claro que utopía no es quimera y que, en materia de aspiraciones, se llegará a donde se pueda pero que hay que ir a por todas.

Les digo que soy de la Asociación de Internautas y de Hispalinux y a algunos se les iluminan los ojos. Estupendo, me dicen, poco a poco nos vamos conociendo todos. Es verdad: a veces funcionamos demasiado por compartimentos estancos; la fragmentación nos hace desperdiciar mucho esfuerzo. Pero, en la medida de lo posible, hay que estar en la calle, hay que tomar visibilidad. No ha sido un acto multitudinario, ni mucho menos; pero ha sido -al menos en el rato que he estado allí- un goteo incesante de gente. Muchos, seguramente, ya convencidos, en busca del calor de la complicidad; pero otros a quienes eso les sonaba a nuevo. Desconocedores de sus derechos, ignoraban lo brutalmente que estaban siendo atropellados. Hoy, unos cuantos han regresado a sus casas sabiendo que les estaban haciendo una cama que ni siquiera sabían que tenían. Unos cuantos, unos pocos... No importa: todo suma.

Javier Cuchí en El Incordio

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