TODOS CONTRA EL CANON

Impuesto contra la tecnología


Tomándoselo por la tremenda, el canon digital podría verse como un impuesto contra la tecnología. Las cintas y discos vírgenes llevan tiempo pagando el canon analógico -hasta el 40% del precio en un CD, calculan algunas enfurecidas asociaciones de usuarios-, pero la nueva Ley de Propiedad Intelectual aprobada por el Parlamento abre mucho el abanico.




JULIO MIRAVALLS / El Mundo.es Todo artilugio tecnológico dotado de una memoria de almacenamiento y algún tipo de conexión podría estar ahora sometido al impuesto, lo cual incluye reproductores de MP3, cámaras fotográficas y de vídeo (y sus tarjetas de datos), móviles, contestadores automáticos, lápices de memoria, grabadores de DVD, agendas electrónicas (PDA o más simples), navegadores GPS e incluso esos modernísimos frigoríficos con inteligencia digital para controlar sus contenidos. Y toda clase de ordenadores.

Si a todos esos aparatos se les aplicaran aumentos en el precio como el que algunos atribuyen a los CD, sería un desastre para el negocio de la pequeña electrónica de consumo (clave para las empresas que desarrollan tecnología). Aunque el asunto está pendiente de que una comisión interministerial determine a qué aparatos se aplica el gravamen, para lo cual tendrán que crear un comité de sabios que defina qué es una memoria y qué es un disco duro...

Hay dos cosas que chirrían en el nuevo gravamen. Una es su carácter de impuesto preventivo, cuyo hecho impositivo no es un bien en sí mismo, ni el desarrollo de una actividad (copiar legalmente música o películas), sino la posibilidad de que ésta se realice, por lo que se gravan las potenciales herramientas. La otra es que el Estado se convierta en recaudador de impuestos al servicio de entidades privadas como las sociedades de gestión de derechos de autor (tampoco es insólito que entre la intelligentzia cultural y un Gobierno de izquierda haya ciertas complicidades) a las que irán íntegros los ingresos del canon para compensar inconvenientes externos de su modelo de negocio.

Es cierto que el Estado ya recauda para otras entidades privadas: una parte de las quinielas va a la organización del fútbol y los clubes (pero no es un impuesto), y también en el IRPF hay una parte para la Iglesia Católica (que tiene pactada con el Estado su financiación al margen de lo que digan los contribuyentes). En ambos casos, sin embargo, hay una voluntariedad al dar destino al dinero: o se apuesta por gusto, o se marca una casilla en la declaración de la renta. Lo que no podrá hacer un contable que use CD para guardar sus hojas de cálculo, sin el menor interés en la música, es marcar una casilla para que, ya que ha de pagar impuestos por algo que no hace, al menos vaya a otros fines de interés cultural, como cuidar las catedrales.

Puestos a asumir la doctrina del impuesto preventivo, se podrían gravar los coches por su capacidad de correr mucho, a tanto el kilómetro, a partir de 100 por hora, por ejemplo. Y la recaudación, a medias para la Seguridad Social, que tiene que curar a los heridos de los accidentes, y las aseguradoras, que tienen que arreglar los rotos y pagar indemnizaciones. ¿Una idea absurda? Pues eso.

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