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LUIS MARÍA ANSON, DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

El tinglado de la SGAE


La Sociedad General de Autores de España debería ser una institución de especial transparencia, con las cuentas claras y bien auditadas, con todos los cargos de relieve elegidos por los socios, con una gestión abierta y desinteresada, lejana siempre a los albañales y las opacidades.




No es así. Las cuentas permanecen en la penumbra, la gestión está oscurecida y un poco macilenta, el cargo clave se ha convertido en un caudillaje vitalicio y los despropósitos societarios se multiplican.

Bien por el nuevo diario “Público”. Con un certero despliegue periodístico llevó a su portada destacadamente un informe demoledor sobre el tinglado de la Sociedad General de Autores de España. Ana Tudela firma el reportaje y en él desveló que varias empresas donde figuran directivos de la SGAE facturan a la sociedad, la entidad, sin ánimo de lucro por ley, que tiene además empresas para hacer negocio. La recaudación por derechos de autor que en 2006 se elevó a 343 millones de euros se distribuye, en ocasiones, de forma disparatada.

Escribe Ana Tudela: “Junto al entramado societario de la SGAE existen compañías que no cuelgan de la gestora pero comparten directivos, domicilio social y en algunas ocasiones incluso el teléfono de contacto. La principal es Microgénesis, de la que fue presidente hasta el año 2000 el actual director general de SDAE, José Luis Rodríguez Neri. Coinciden además entre sus directivos otros de SGAE como Rafael Ramos Díaz o Eva García Pombo. Entre los negocios de Microgénesis está la gestión de los portales de venta de música Latinergy, Museekflazz, Egrem y Nubenegra y entre sus proyectos (según su página web) está el sistema Teseo (proyecto de SGAE) o La Central Digital (web de Portal Latino). Microgénesis, Coqnet, La Central Digital y Portal Latino, entre otras, han compartido sede en Gran Vía 36 durante años. Ahora se están trasladando todas a Abdón Terradas 4”.

Desenmarañada la madeja, “Público” ofrece un cuadro con el entramado societario de la SGAE. De vergüenza ajena: la mayor parte de las empresas que integran la tela de araña de ese entramado tienen ánimo de lucro.

Pero todavía hay más. El Palacio Longoria, sede de la SGAE en Madrid, fue rehabilitado con un coste disparatado de 3 millones de euros. Hay aprobadas nuevas obras por más de 1 millón de euros. Se habla abiertamente de comisiones y prebendas y no sólo en la sede de Madrid. Tampoco está claro, según afirma Ana Tudela en su espléndido trabajo, todo lo relacionado con la Fundación Autor que se va a instalar por cierto en la suntuosidad de un palacio histórico en Boadilla del Monte.

José Manuel Costa, en un certero artículo, solicita el control público de la SGAE. “A toda empresa –escribe– cabe exigirle transparencia. Incluso siendo un liberal de libro y dejando de lado bagatelas como la honradez, ésta es una condición necesaria para el adecuado funcionamiento del sistema. Si, en vez de empresas, hablamos de una institución sin ánimo de lucro que recauda una tasa de aplicación general, un canon sobre objetos de consumo inespecífico, la transparencia debe ser como el agua clara. La SGAE es esa entidad sin ánimo de lucro, pero el tinglado societario que ha ido montando llega a provocar cierto mareo y resulta cada vez más opaco. Sin embargo, tanto los autores cuyos derechos controla, como los ciudadanos, cuyo canon administra, tienen derecho a ver claro”.

“Público”, en fin, ha tenido la inteligencia de no denunciar a nadie sino de exponer hechos objetivos. Está claro que la SGAE, de tan acusada importancia en el mundo cultural español, debe ser investigada a fondo y sometida a control, sobre todo si se tiene en cuenta que es la única organización privada que cobra un impuesto. Aún más. Ante la información de “Público” sus directivos, en lugar de refugiarse en la política del avestruz y esconder la cabeza, deberían solicitar motu propio una investigación independiente y un control severo y fiable. En otro caso, las sospechas se irán convirtiendo en certezas.

Opinión de Luis María Anson, en El CULTURAL

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