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OPINIÓN DE JUAN BONILLA

El canon sospechoso


Considerar que el ciudadano es sospechoso y por serlo ha de pagar una tasa, nos coloca en una situación delicada, de estado policial IMAGINEN un día del ancho futuro en el que, no sabemos cómo, pudiera controlarse quiénes protagonizan nuestras fantasías sexuales. Inmediatamente la Sociedad General de Autores, ella sí que sabrá cómo, se pondría a la noble tarea de recaudar para los inspiradores de actos masturbatorios, un canon que satisficiera sus derechos de imagen, utilizados por los ciudadanos en su vana intimidad.




Lo bueno es que habría gente que viviría de lo que facturase gracias a las pajas que inspira a desconocidos -o no tanto, la vecina del quinto se haría de oro gracias a las íntimas fantasías que inspirara a los de su comunidad-; lo malo es que es mejor no pensar en las parejas que se romperían cada fin de mes cuando llegaran las facturas desglosadas en las que se indicaran a quiénes les había dedicado cada uno de ellos sus más lascivas fantasías. Dado que dicen los sociólogos que los cuerpos que más fantasías eróticas inspiran son los de los famosos, estos podrían ingresar auténticas fortunas por derechos de imagen: no quiero ni pensar en cómo sería el desglose de la factura de un Bradd Pitt o una Naomi Campbell.

Esa excursión a la intimidad de cada quien puede parecer, con toda razón, absolutamente inverosímil en la actualidad, pero paciencia, las cosas siempre pueden empeorar. Y ya tenemos un primer paso de ese nuevo Estado Policial con el canon digital recientemente puesto en marcha y gracias al cual, por satisfacer la demanda de la Sociedad General de Autores, los compradores de discos vírgenes, puertos de USB y otros artefactos tendrán que pagar como sospechosos de actividades ilícitas, pues se supone que esos artefactos los utilizarán grabando obras de las que otros son autores con derechos a ser recompensados, aunque utilicemos esos artefactos para grabar fotos que hemos hecho nosotros -que como no somos artistas, no tenemos derechos de autor. Así que puestos en el primer caso, el de los actos íntimos, es como si por derechos de imagen por los onanismos que la población practica, se exigiera un canon con el que satisfacer sólo a los famosos, dado que se supone que sólo son ellos los que inspiran esa clase de actos, sin tener en cuenta en la libertad de cada quien en pensar en quien quiera cuando se encierra con sus fantasías a desahogarse un poco imaginando que gasta las yemas de los dedos en la piel inventada de alguien real.

Si es bien cierto que la piratería es un tiburón peligroso que ha rebajado muchos enteros las ganancias de los creadores, no lo es menos que legislar considerando por principio que el ciudadano es sospechoso y por serlo ha de pagar una tasa, nos coloca en una situación delicada, de estado policial.

Bien es cierto que, como dicen los abogados de la SGAE, precisamente por la dificultad de demostrar que el ciudadano no va a cometer un delito después de comprar su producto, el canon es muy bajo, pero lo que aquí importa es esa deducción que decide lo que el ciudadano, sin excepciones, va a hacer con su compra. Un «por si las moscas» que si aplicáramos a otros productos nos llevaría a un sinsentido grotesco, pues aflorarían otros cánones tan disparatados como este: cuando compramos un coche, habría que pagarse un canon a la dirección General de Tráfico, por los semáforos que podremos saltarnos en rojo con el coche recién comprado; cuando compramos un cuchillo tendríamos que pagar un canon por si lo utilizamos para herir a alguien en vez de para cortar un filete; cuando compramos un cuaderno tendríamos que pagar un canon por si nos da por copiar en él bonitos poemas de otros Y así hasta llegar al no va más de este nuevo estado de fiscalización de la intimidad: el tarareo.

Tendríamos que pagar un canon no más nacer por las canciones que tararearemos, canciones que no son nuestras sino de sus autores, y por cuya reproducción tendríamos que pagar cada vez que las tarareáramos. Algo así es lo que propone este canon digital que nos convierte en sospechosos inmediatos y decide que «por si las moscas» tenemos que aceptar esa condición pagando unas monedas a autores cuyas obras, quizá, no nos interesen nada.

Artículo de Juan Bonilla en Diario Sur

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