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Los piquetes, en la calle; los trabajadores, en Internet


La brecha digital estaba ahí, casi invisible bajo la alfombra; pero la huelga general lo ha destapado todo. Sabido es que los sindicatos se alzan sobre una estructura clásica y unas consignas industriales (quizá donde radica su atractivo), pero si bien es cierto que sus ideales son atemporales y sus reclamas imperecederas, sus métodos para atraer a las masas se mueven en torno a un modelo obsoleto.




Gustavo Bravo El Confidencial .- Sin entrar a valorar si la huelga fue un fracaso o un éxito, cabe señalar el despropósito que ha resultado centrarse en la calle y en los medios tradicionales y pretender, a día 29 de septiembre de 2010, una respuesta plural dando la espalda a Internet.

Muchas cosas han cambiado. El mismo subdirector de este periódico, Carlos Sánchez, se sorprendía en la madrugada del miércoles al ver cómo la estrategía de los piquetes en el centro de la capital seguía consistiendo en golpear los cristales de los bares (cuando no tirar piedras). A un lado del escaparate, los mismos militantes sindicales que antaño: armados con pegatinas, trompetas, silbatos y consignas; pero al otro lado del cristal todo ha cambiado. La gente no quiere ser asaltada ni molestada en la calle, ni por solidarios con octavillas ni con pegatinas contra el cáncer en los comercios de la madrileña calle Preciados. Mucho menos con consignas trasnochadas que interrumpen en mitad del gin tonic. Para eso tienen la bandeja de SPAM del correo electrónico.

La efectividad de los piquetes hoy en día es tan efímera como sus pasos. Los comercios (que son franquicias) cierran para evitar problemas y vuelven a abrir en cuanto se les deja. El esfuerzo dedicado a los comercios regentados por inmigrantes chinos resulta cuanto menos hilarante. Algunos periodistas de este medio pudimos presenciar el pasado míercoles cómo los piquetes organizaban una guerra en la que la batalla más importante era ‘el desembarco en cocheras’. Mientras, los sindicatos aún apuestan por las caras de conocidos actores, artistas, músicos y escritores con micrófonos baratos en plataformas ubicadas no sé dónde, sin tan siquiera probar con portales web, las redes sociales o los bloggers de referencia, y sin pararse a pensar que el alcance de los segundos está ahora a años luz de los primeros. El mensaje puede ser el mismo, pero los soportes van muriendo y resulta crucial reponerlos. Señores, la calle da para lo que da.

La huelga general fue portada en la Red. Según el presidente de la Asociación de Inversores y Emprendedores en Internet (AIEI), Yago Arbeloa, el tráfico de internautas fue similar al del miércoles anterior, aunque sí  hubo importantes descensos en el comercio electrónico (20%) y fuertes paros en centros de atención al cliente (35-40%). La huelga fue uno de los temas más comentados en Twitter en todo el mundo (han leído bien), y muchos usuarios sintieron la necesidad de contar en Internet cómo vivieron la jornada de huelga, si la secundaron o no, las las dificultades que encontraron para llegar al trabrajo o los problemas con el transporte público. Dado que el consumo eléctrico cayó un 21% y el tráfico en la Red apenas notó la huelga, cabe pensar que para millones de personas, Intenet fue a la vez escenario y megáfono en su propia manifestación.

Esta huelga general ha sido diferente por muchas razones. Es la primera en la que Internet se encuentra verdaderamente integrada, tanto en los trabajos como en los hogares. Nada se sabe ya de las calles. Esta huelga ha sido la primera en la que podía conocerse en tiempo real el consumo eléctrico, y la primera en la que de verdad se podía hablar de teletrabajo (empleados conectados desde casa), y la primera en la que no era necesario iniciar la movilización meses antes, sino hacerlo de forma efectiva y contundente mediante portavoces influyentes que supieran exponer las razones de forma convincente para conseguir que los trabajadores secundaran en masa el paro. Más nadie pensó en los canales. Esta huelga general fue otra más de la historia en lugar de pasar a la misma como la primera huelga digital; su éxito o su fracaso pasa sólo por su soporte, el devenir de un modelo estático que ha ignorado a una base social que prefiere ‘pelear’ desde un teclado a salir a la calle a gritar.


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