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Itxu Díaz

El suicidio de la industria discográfica


Hace un par de años tuve ocasión de entrevistar a Steve Knopper, el periodista musical americano que revolucionó el mundo discográfico con el libro Appetite for Self-Destruction. Knopper es un hombre inteligente y una de las personas que mejor conocen la evolución de las multinacionales de la música en las últimas décadas. Debatimos sobre la errática estrategia de la industria frente a las nuevas tecnologías. Me atrajo especialmente su diagnóstico sobre el enfrentamiento entre las discográficas y el mundo de Internet: “Es como si la industria de los coches de caballos se hubiera movilizado en contra de la del automóvil, tratando de declararla injusta e ilegal”




Los autores de la SGAE están enfrentados y la crisis ha golpeado duramente al sector.

La industria musical está muerta. La música no. La industria musical es un invento relativamente reciente, mientras que la composición de canciones como expresión artística ha existido siempre, y existirá, pase lo que pase con el negocio. Ahora los autores de la SGAE están enfrentados. La crisis económica ha golpeado duramente al sector. La situación no puede ser más adversa para los músicos españoles. Y sin embargo, frente a este gris horizonte, Amaral acaba de firmar uno de los mejores discos de las últimas décadas. También Loquillo o Los Secretos han dado en la diana con sus nuevos trabajos. Es la gran paradoja. Cuanto peor, mejor. Tal vez, con tanto ruido, habíamos olvidado que lo más importante de la música son las canciones.

Para comprender la ruinosa situación que atraviesa la industria del disco, hay que remontarse a 1999, cuando el sector decidió un suicidio colectivo. Era la época de Napster, cuando las discográficas se enzarzaron en una ensalada irracional de acusaciones y demandas contra sus propios clientes. El principio del fin.

Las grandes editoras tardaron una década en ver Internet como una oportunidad. Un tiempo precioso que desperdiciaron, dedicando más esfuerzos a evitar las descargas ilegales que a cuestionar su propio modelo de negocio, que ya entonces comenzaba a verse obsoleto, por culpa de esa obsesión por abrazarse a nuevos formatos y por construir productos de usar y tirar destinados al consumo rápido. Sin pretenderlo, mataron el formato single, macdonalizaron las canciones, devaluaron la música.

Así es como la industria se derrumbó y comenzó la guerra entre fans y artistas. En 2007, más de la mitad de los músicos que entrevisté mientras se encontraban promocionando sus nuevos discos aprovecharon la ocasión para arremeter contra los piratas. Les llamaban ladrones, indignos e incultos, quizá sin saber que los tenían enfrente, en primera fila en cada concierto, saltando, y pagando honradamente su entrada.

En el hundimiento del entramado empresarial de la música española hay un hito de imprescindible consideración: el canon digital, una medida que el consumidor interpretó como la excusa perfecta para seguir descargándose música al margen de los canales legales. Lo hiciera o no, iba a pagar el canon. Aquella fue, además, una decisión esencialmente política. El canon fue el regalo del Gobierno de Zapatero a los artistas de izquierdas, por los servicios electorales prestados, y por los que prestarían después, cuando aquellos músicos que antaño nos emocionaban con canciones importantes se entregaron a la pantomima de la zeja, dilapidando en tiempo récord su prestigio. No obstante, sería injusto echar toda la culpa a los artistas y pasar por alto que quedan cabos por atar en materia de derechos de autor. Aunque a estas alturas, antes de afrontar ese debate, es necesario deshacer el camino equivocado y plantear los problemas en el marco tecnológico y social del siglo XXI, sin anclarse a un modelo de negocio caduco, ideado en la época del vinilo.

Cuando el magnate Guy Hands se hizo con Emi, encargó un informe a los consultores de Terra Firma sobre la situación de la empresa, que luego utilizó como base para elaborar su plan de reestructuración. Todavía guardo el informe en un lugar destacado, porque en él están todas las claves de lo que debería ser la industria discográfica de mañana. El primer punto se titula “Firmar la paz con el consumidor”. En otros apartados se destaca la necesidad de reubicar al cliente en un lugar privilegiado y de utilizar adecuadamente las nuevas tecnologías. Tan simple como esto: para volver a vender discos, primero es necesario dejar de insultar a nuestros potenciales compradores.

En síntesis, hay un evidente desequilibrio entre la calidad creativa de nuestros artistas y los profesionales de la música, y la incapacidad para mantener una estructura de negocio sobre su trabajo en unas circunstancias innegablemente adversas. Por suerte, aún en los sectores más cerrados –y el de la música lo ha sido hasta la llegada de Internet–, existen vías de escape para innovar y cada año surgen nuevos talentos, capaces de gestionar su propia carrera desde la independencia, viviendo de sus conciertos y aprovechando Internet como trampolín, y no como garrote con el que golpear a sus fans. Me gusta citar a quienes han sido pioneros en este empeño innovador, ahora que atraviesan sus días de gloria: Maldita Nerea. Ése es el camino.


*Itxu Díaz es periodista y escritor. Artículo reproducido de La Gaceta .



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